Un día en la vida de una puta

Café para dos

Tres años y medio han pasado y le he echado de menos.

Quedamos en una cafetería, un zumo y frases cordiales. Pero andaba nerviosa, me hormigueaba algo muy dentro y se abría paso entre mis piernas, hasta no dejar que me concentrara en sus palabras.

Las primeras insinuaciones pareció que no surtían efecto, pero also se le iba alterando. Entonces le mostré unas fotos de mi novia, unas fotos tomadas después de una noche apasionada, en una cama revuelta y con frío en los pezones. Ahí cayó su resistencia, su expresión era nueva, de ojos brillantes y boca abierta. Entonces ya pude mencionarle lo que me acordaba de aquel día en que fui a su casa o de aquel otro en que me dijo aquello de “hermanita, hoy te voy a dar por el culo” y lo hizo, vaya si lo hizo.

Había transcurrido media hora y estaba llevando a mi hermano de la mano, a dos manzanas de allí para continuar el café en la intimidad.

errada la puerta, su abrazo me atrajo, rotundo, firme. ¡Cuántos  había añorado esos besos! Me besa como algo mío, me besa como desde siempre, como hay que besarme, como si fuera yo misma. Me besa y me estremezco hasta los pies. Pero no me besa y ya está, no pasa a otra cosa, sino que me besa y me besa y sigue besándome entera, dibujándome con los besos.

De pie, la ropa fue cayendo, la piel estremecida. Acariciaba su cabeza enterrada entre mis pechos, me estrujaba, me devoraba, mamando de las tetas como si fuera a robarme el alma con esos orgasmos arrebatados. Yo sólo entrecerraba los ojos, sólo centrada en sentirle en cada centímetro que recorría. Y como regalo quiso probarme, alimentarse de mis jugos. Por verle así entro me derretía y seguía gimiendo y retorciéndome. Entonces me colocó de medio lado, desde atrás empujó mi pierna y la levantó un poco, quería exponerme, dejar mi culito bien abierto y contemplarlo. Nunca lo había sentido esos besos tan íntimos y que tanto parecían gustarle. Jugaba con su lengua en mi agujerito, succionando y acariciándolo, me tenía totalmente rendida a sus dedos.

Apartó su cara, se enderezó y dejó que todo su cuerpo fuera aproximándose al mío hasta cubrirme por completo. Así le recibí, con las piernas bien abiertas y los ojos entrecerrados.

Cada segundo fue agónico, lentamente se encajó para ir poco a poco entrando en mí, aguantando la respiración, desmadejada de placer. Era mutuo, él impedía que me cimbreara bajo su peso, quería retenerse, disfrutarme un poco más. Inmóviles, unidos también por nuestras bocas. Ni contorsiones, ni posturas variadas, sólo la quietud de la intensidad contenida, gemidos apenas ahogados en la garganta.

Fue llegando solo, incontenible y arrollador, inundándonos de placer. Y así fundidos continuamos besándonos como recién enamorados.

Besos

Besos de ojos cerrados

Desde la primera vez que experimenté el sexo en grupo, pero en grupo desproporcionado, quise volver a experimentarlo. Cada vez que ha ocurrido ha sido total y absolutamente especial. Lo cierto es que he perdido la cuenta, seguramente superarán el centenar de veces e incontables son los hombres que han participado.

Yo me siento radicalmente diferente desde aquella primera vez. Tumbada decúbito supino, ojos vendados; piernas abiertas, manos, boca, sexo, ofrecidos. Aquella vez ellos me daban generosos su placer, sus embestidas, su simiente.

Ahora soy otra diferente en todo pero sigo siendo la misma puta. Ahora la que se dá soy yo; soy yo la que me entrego, la que otorga su boca y se ofrece en cada beso, en cada hombre, en cada miembro. Ahora soy yo la que abre su cuerpo , la que entrega su placer, no como cesión, no como búsqueda sino como ofrenda.

Ya no niego nada de mi cuerpo, ahora todo él es ofrecido, de la manera en que sea requerido. Y es de ello de lo que extraigo un placer absoluto. No de un acto onanista, sino de un acto que bien podríamos llamar  conyugal, íntimo, irremplazable.

En mi fantasía bullía, hace años, la necesidad de que los hombres fueran arrebatándome uno tras otro, como puestos en fila, cada uno con su tiempo y espacio, pero sin cesar. De esa manera quería entregarme a una danza preñada de orgasmos y néctar, cuajada de besos y gemidos, en una orquestación natural donde todos tuvieran simplemente lo que necesitaran de mí. Y de esa manera yo encontrar mi plenitud en el ara de aquel tatami.

Y por fin ha ocurrido, de manera mágica, sorpresivamente ha surgido así. Yo premiaba su generosidad con un beso final de agradecimiento, un beso tierno susurrando un “gracias”, un beso sosteniendo las mejillas con las manos, un beso de ojos cerrados.


Ninfas y Ovejitas

La primera vez que lo vi no pude dejar de darle al play una y otra vez.

Me resultó algo delicioso, una manera elegante, sutil, de mostrar perversiones diversas. Todo, la música, los escenarios, el guión,… pero, sobre todo, esas ninfas rosadas disfrazadas de ovejitas, cimbreándose para enloquecerme.

Juzgad vosotros mismos

Ovejitas

Besos

 

Las mil y una noches con Amarna Miller

Me encanta el porno, tengo que reconocerlo.

Y no puedo decir que me guste sólo una modalidad, porque depende mucho del día, me pierdo por muy diversas categorías.

Hay veces que mi imaginación está poblada de imágenes inconfesables y entonces me recreo en aspectos más oscuros del placer y del recuerdo.

Otras me deleito con la sensualidad de los cuerpos femeninos, las curvas, texturas, colores, casi me parece llegar a oler sus cuerpos. Me quedo subyugada con los labios de una mujer y me derrito al ver como busca los de otra. Tórridos y húmedos volcanes que despiertan mi lujuria. Contemplo milimétricamente su piel, hasta las perlas de sudor que la recorren. Es una actitud que linda con la adoración de las hembras y sus cualidades organolépticas. Me perdería en todos los recovecos para degustarlas.

Unos días mozas, otros maduritas (especialmente las que llaman MILF, madres que me follaría), depiladas por completo o con felpudos recortaditos, rubias, morenas,… Y la categoría imprescindible, las pelirrojas y con muchas pecas y en todas las tonalidades posibles de su naturaleza.

Una vez, recuerdo perfectamente el vídeo, una pelirroja con un negro, me pareció oír una interjección en español. Pero no volví a pensar en ello. Esa misma chica la vi después dándole una nota a una recepcionista para verla en los servicios ahí quedó todo hasta que el otro día me hablaron de una entrevista en la tele a una actriz porno. Pocas veces encuentro jugosas estas cosas. Hay demasiada artificialidad que rompe el encanto. Así que acostumbro a ver festivales y espectáculos varios de forma más profesional que por puro morbo.

Esta vez fue diferente, la reconocí según la vi. Entonces quise llamarla, escribirla, que supiera de mi existencia y de las horas que he pasado en su contemplación.

Este fue el primer video que vi de ella  y en el eque me rindió a sus pies:

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Amarna y Risto

 

Besos

Gasolineras abiertas 24 horas

Hace unas horas que me despertó el teléfono. Nos conocemos desde hace ya unos años y siempre me hace propuestas morbosas. Hoy quería ir a El Pardo, le apetecía perderse entre miembros erectos y verme bañada de leche ajena.

Me puse un vestido ligero y unas botas altas, ni medias busqué. Y me acerqué a recogerlo a su casa. El camino hasta El Pardo fue emocionante, mis manos jugaban en su entrepierna y las suyas se cernían impúdicamente sobre mí.

Cuando llegamos allí encontramos dos coches aparcados. Con las luces dadas exploré lo único de su cuerpo a lo que me daba acceso. Dura, rotunda, dediqué mi boca a darle gusto hasta que decidimos salir del coche.

Me quité toda la ropa, con las botas como único atuendo abrí la puerta. Nadie se había aproximado por el momento. Ya me había avisado de lo que deseaba, me puso de espaldas y pidió que le abriera mi culito. Cuando me quise dar cuenta delante de mí un fornido muchacho me mostraba lo que tenía entre las manos, ofreciéndomelo para que jugara con él; no pude sustraerme y le di unas lamiditas deseando seguir jugando con ella. Pero no me la dejó, se retiró súbitamente derramándose ante mis ojos.

Otros muchachos se aproximaron pero ninguno dejó su papel de observador activo. Así que nos dedicamos a darnos gusto los dos. Me agarraba por la cintura, con su cadera me golpeaba, introduciéndose de nuevo en mí. Golpeaba con ganas hasta que comenzó a acelerarse para terminar dentro de mí.

Mi culito destilaba. Me puse las bragas por no empapar el asiento del coche y así, de paso, podría llevar como trofeo aquella prenda bien empapada. Chaqueta que a duras penas podía taparme. Al teléfono le contaba a mi marido cómo había sido el encuentro y cómo me había quedado con las ganas de alguno más. Así llegué hasta una gasolinera. Fui a colgarle pero entonces una idea excitante apareció en mi cabecita. Le pregunté, coqueta de mí, si no le importaba que bajara así a repostar. Un guardia de seguridad en la puerta y un jovencito en la caja, ambos con los ojos puestos en las braguitas que dejaba ver la chaqueta. Y cómo no, el refresco estaba en el estante superior, al estirar mi brazo, quedé desprotegida hasta la cintura y eso fue lo definitivo. Cuando me acerqué a la caja aquellos dos hombres tenían los ojos muy abiertos a juego con sus bocas.

Cuando me preguntó si necesitaba algo más le contesté que sí. Quería que se perdiera conmigo dos minutos. Tartamudeando casi contestó que eso no era posible, que estaba trabajando. Así que le dejé tranquilo y salí al coche. El guarda se vino detrás y se ofreció a ayudarme y ponerme la gasolina. Ni que decir tiene que tengo el lateral del coche apestando a gasolina, no atinaba a colocar la manguera, se le derramó al sacarla … seguramente nunca le habría salido un intento de conquista tan mal. Y en esas estábamos cuando se aproximó el cajero.

Volví a preguntarle si se escaba un minuto mientras su compañero montaba guardia. Para darle argumentos me desabroché los dos únicos botones que portaba y mostré mi cuerpo casi denudo. Sólo unos segundos, lo suficiente para intentar decantar la balanza a mi favor.

El guardia animó a que entrásemos. Fuimos directamente a los servicios. Un instante antes de llegar el cajero dijo que no podía ir, que se jugaba su trabajo. Pasé directamente con el otro. Cerró la puerta tras de mí y se lanzó por detrás a quitarme la ropa y tocarme con ansia. Descubiertos mis pechos sólo deseaba que me inclinara hacia delante y metérmela, no me dejó darle un beso o probar un poco el sabor de su miembro. Directamente a mi coñito, con mi culo ofrecido, en el baño. Y unos segundos después, cuatro golpes de riñón y comenzó a recorrer mi entrepierna abundante semen.

Al salir volví a intentarlo. Esta vez, le dejé que me tocara y yo intentaba sacársela, quería un poco más de gusto. Se notaba dura a través de su ropa; se la agarraba con fuerza. Su respiración agitada, las manos sin apartarlas de mi cuerpo y su boca negando cualquier opción.

Así me marché a casa, de nuevo con ganas de macho.

Extraños en un tren: Regreso de Barcelona

Ya era tiempo de regresar a casa después de un intenso fin de semana en la Ciudad Condal. Me acompañó hasta el andén y nos despedimos cariñosamente.

Duré poco sentada en mi asiento. No ponían ninguna película interesante y yo, en cualquier caso, andaba inquieta. Llamé a casa. Mi marido estaba bromista y comenzó a tomarme el pelo con la posibilidad de que ocurriera lo mismo que en el camino de ida; si entonces me había costado todo el viaje pescar algo, ahora, con el tren lleno, sería imposible, por lo cual, lo suyo es que reposara y llegara de vuelta relajadita.

Hubiera podido estar bien ese plan. Pero se me ocurrió dar una vuelta por el tren. Caminé por los pasillos despacio, mirando a los pasajeros, preguntándome por sus vidas, sus razones para viajar,… Entonces mi vista recayó en un chaval, muy guapo él, sentado solo al lado de la ventanilla. No lo dudé, me senté a su lado. Se quedó un tanto asombrado y más cuando comencé a darle palique. No me movía un interés real por su vida, sólo quería comprobar si sería factible convencerle. Le pregunté, a media voz, si tenía novia o la había tenido, pero no, el chico decía ser tímido. No lo pensé más. La propuesta le hizo dudar y le alteró profundamente, tenía la respiración entrecortada, los ojos muy abiertos. Sonrojado se incorporó y sin mediar palabra se dirigió a la parte posterior y me esperó.

Pasamos la cristalera que daba acceso al siguiente vagón, no nos cruzamos con nadie y entramos en el WC, estrecho, minúsculo. El chico temblaba como una hoja, me atrajo hacia él y comencé a besarle mientras le desabrochaba la ropa. Los pantalones caídos, la camisa abierta y sin separar los labios de los suyos, sin contemplar su belleza, sin valorar la firmeza de su verga, me subí sobre él. Despacio, regodeándome en ese momento, me fui dejando deslizar por su miembro hasta que le tuve por completo dentro de mí. Entonces el mozo se contrajo, con movimientos espasmódicos me apretó un poco más fuerte y, se relajó. Entonces las prisas por vestirse, por salir. Como primera experiencia de un chaval; la cosa había sido más bien fugaz pero indescriptiblemente intensa.

Nada más salir llamé por teléfono. Estaba radiante, había conseguido toda una proeza. No esperaba la reacción de mi hombre. Se enfadó mucho, él no contaba con que yo fuera a coquetear por ahí y le había pillado de improviso. Así que me impuso un castigo: No me pondría un dedo encima al llegar a casa si no era capaz de repetir la hazaña 5 veces más, le llamaría puntualmente con cada uno y obtendría en todos los casos leche. Me dio una rabia tal, que no sabía si tirar el teléfono por la ventanilla o echarme a llorar. Me parecía de todo punto imposible cumplirlo. Tras unos minutos de pánico, me serené, no me daría por vencida a la primera.

Comencé una búsqueda sistemática. Primero en la cafetería, casi todos eran hombres solos y a todos me aproximé. Uno leía el periódico y me lo agradecía pero estaba esperándole su novia en la estación; otro no dejaba de repetir que si era una cámara oculta y que tenía novia; un tercero hablaba como si estuviera de vuelta de todo, su mujer dormía y él tomaba un café; un morenito prefería las relaciones más pausadas;… Yo entraba y salía, les abordaba en el pasillo o de pie en la barra. Cuando ya iba a dedicarme a otra táctica, el del café me adelantó en el pasillo y me hizo una seña. Abrió el servicio de minusválidos y entramos. Directamente me inclinó hacia el lavabo y apartó mis bragas para probarme y luego de regodearse unos instantes se bajó la cremallera del pantalón y me tomó sin más miramientos. Por encima de la ropa me agarraba los pechos y me atraía rítmicamente, con fuerza; y sin soltarme comenzó a acelerarse y a emitir quejidos hasta que noté como un calorcito me recorría por dentro y resbalaba por los muslos. Tardó menos que yo en arreglarse la ropa y salir. La chica que estaba fuera esperando miró hacia otro lado cuando se abrió la puerta.

Volví a primera, a mi asiento y el tipo que estaba detrás de mí comenzó a darme palique, en plan conquistador y le seguí el rollo. Quería fumar y nos dirigimos a la zona de las maletas. Cuando se empezó a poner empalagoso le eché un órdago y le propuse entrar ahí mismo a los servicios. El tipo comenzó a meterme mano en los dos escaloncitos de bajada del vagón y seguía requebrando pero nada hacía por ponerlo en práctica. Le di un poco más de tiempo, repetí mi propuesta y me disculpé para ir a dar otra vuelta. Qué coraje me daba el tiempo que me había hecho perder aquel chulito.

Estaba cachas, rubio, claramente extranjero y de pie paseando entre compartimentos. Se le iluminó la cara cuando le dije que me aburría y me cogió la mano rápidamente para llevarme dentro del baño. Me sentó y comenzó a besarme con delicadeza, a desnudarme despacio, a recorrerme primero con la vista como si me estuviera devorando y luego con sus labios. Se tomó su tiempo para complacerme adaptando sus movimientos a mi ritmo y cuando me vio estremecerme entonces se deslizó dentro de mí; me levantó en vilo, ensartada y con sus fuertes manos agarraba mi culo para moverlo arriba y abajo. Yo seguí buscando sus labios y aprovechando cada milímetro de placer que me daba. Me bajó repentinamente y me pidió la boca; la abrí todo lo que pude, jugué con mi lengua y ese capullo tenso y rosado hasta que estalló dejando escapar su simiente. No dejé que se desaprovechara ni una gota.

El panorama en los vagones era desolador, buena parte de la gente dormía. Me quedé en la puerta observando y alguien me siguió con la mirada. Le guiñé un ojo y sonrió; me acerqué a su lado y le hice un gesto con el dedo. Se deslizó sigiloso para no despertar a su acompañante. Una vez fuera comenzamos a reírnos, lo coñazo que eran los viajes largos. Me mordí el labio, le miré picarona y le propuse hacer una locura. Se sobresaltó pero me siguió sin rechistar. Se sentó abriéndose el pantalón, agarró con las dos manos mi cabeza y la retuvo mientras me follaba la boca con violencia, sin miramientos, hasta correrse. Salió pitando.

Volví a mi asiento y el de atrás volvió a darme palique. Pero ya me había cansado de cretinos, así que levanté de nuevo.

Di varias vueltas, ya quedaba poco para llegar y parecía imposible conseguirlo. Me quedaban dos y veinte minutos. No tiraría la toalla hasta el final.

En el furgón de cola, con chándal vestido, escuchaba música. Me apoyé en la pared, levanté mi falda y sin separar los ojos de él, comencé a masturbarme. Se quedó parado; su pantalón comenzó a abultarse y se llevó la mano por fuera para agarrársela. Le hice un gesto con la cabeza y, sin apartar su mano, fue avanzando hacia donde yo estaba. Me giré, aparté mis bragas, dejé que cayeran al suelo y eché el culito para atrás. En segundos tenía su polla pugnando por meterse en mí, empujando como un toro para poseerme. Allí, en el pasillo, de pie, en el vagón. Fueron segundos, minutos quizá pegando mi cara contra la pared y sintiendo el placer de un miembro turgente llenándome con su fuerza.

Cuando llegué a casa, contenta de mis logros, fui recibida con total indiferencia: No había conseguido cumplir el castigo. Así que, con las mismas me fui a la calle. Me dirigí al único sitio que se me ocurrió, un VIPS y en la puerta un taxi parado, su conductor venía de allí precisamente. Antes de que subiera, desde el lado del acompañante, me apoyé en el techo con los brazos cruzados y le dije que me aburría, que mi marido veía el futbol y que seguro que en alguna calle por aquí detrás nadie nos molestaría. Me subí a su lado y me levantó la falda. Paró unos metros más allá, en una calle cualquiera y pasamos a la parte de atrás. Llamé a mi hombre, “aquí está mi quinto semental” y me subí sobre el taxista que estaba ya totalmente preparado. A mi ritmo, complaciéndome en cada movimiento, círculos amplios, después más pequeños. El coche se movía, las ventanillas bajadas, el aire faltaba. Él no dejaba de alabar mi cuerpo, de sobarme en firme, de jalearme.

Y cuando comencé a gemir se unió a mí y nos corrimos estrepitosamente.

Ahora sí, cuando llegara a casa sería recompensada como me merecía, por un servicio social desinteresado e inapreciable, por ser una gran puta.

Extraños en un tren: El Bagdad

Me recogió en la estación. Iríamos a su casa un rato, a coger fuerzas para dar una vuelta por la Ciudad Condal. Un paseo y una buena cena. 

Estaba impaciente por que llegara la noche. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de conocer aquel local. Llegamos los primeros, tanto que tuvimos que esperara en la calle a que nos dejaran entrar. Bajamos las escaleras. Unas vitrinas con cositas de sexshop y un arco de  acceso a la sala. Me sorprendí de lo pequeño que era aquello y el tufillo demodé, que no deja de tener su encanto. De frente una barra con una cobriza de desmayo, insinuante y ligera de ropa. A la derecha se abría la sala rectangular con filas de butacas dibujando una U, el escenario en el centro rodeado de cortinajes cerrados. Y una puerta al fondo.

Nos sentamos en primera fila, justo delante del escenario, con una barandilla de separación. Tardaríamos un rato en compartir la sala. Poco a poco, primero una pareja en la izquierda, luego en la derecha unos cuantos chicos. Alguna pareja más detrás de nosotros, un grupo de japoneses, unos chicos un tanto borrachos de despedida de soltero. Hombres solos, nacionales y extranjeros y de todos los colores.

Y en algún punto de nuestra espera, comenzó a sonar música. A partir de ese momento fui transportada a otro mundo.

Morena, alta,  con un cuerpo de infarto. Esa mujer se puso a bailar para mí, me miraba, se tocaba, recorría con su mano todo su cuerpo, cerraba los ojos. Tumbada  bocabajo, con su hermoso culito levantado, nos ofrecía una visión intolerable de su sexo desnudo. El escenario daba vueltas acercándonos su desnudez un poco más.

 Entonces sacó un consolador y comenzó a jugar con él. En su boca primero, rítmicamente introducido, entre sus piernas después. Deseaba ardientemente ser yo quien lo manejara. Tan cerca y tan inaccesible.  Y se veló para mí y la música cesó.

Azafata y piloto uniformados, rubios, guapos y de cuerpo estupendo. Nada les costó desembarazarse de sus ropas y comenzar a evolucionar. Él nos mostraba la belleza de la dama, su sexo abierto, expuesto y ella, de rodillas, cual si suplicara la atención de su macho. De pie, por detrás, se fue acercando para ensartarla, mostrándonos todo su cuerpo, inclinándola hacia nosotros. Tan cerca de mis ojos podía ver su miembro presionando para entrar en ella, dilatándola, tensionando de tal manera que casi parecían uno. En el suelo, arqueada la espalda, los movimientos acompasados y mis manos inquietas se me escapaban para tocarme.

Dos espectaculares morenas y altísimas, con cuerpos perfectos, aceitados y deseables. No tardaron en bajar del escenario y comenzar a jugar con los chicos que estaban sentados a mi derecha. Les provocaban haciendo que las acariciaran que les dieran un beso, que les desabrocharan la poca ropa que llevaban, mientras bailaban insinuantes.  

El desenlace era previsible y para mí mucho más deseable que para aquellos incautos. Eran dos travestis de desmayarse.

Un pequeño descanso. Ya estaba la sala mucho más llena, habría pasado qué se yo, ¿una hora? Quizá más. Dejé a mi acompañante sentado, él era más bien tímido y prefería no moverse por allí. Me acerqué al bar, no tanto con la intención de tomar algo sino por ver a las chicas. Como en un burdel de los de siempre, las bailarinas, en traje corto, luciendo encantos, permanecían sentadas en altos taburetes, con una bebida entre las manos. Me acerqué. No me resistí a poner una mano en la pierna de una y preguntarle cómo funcionaba aquello. Me dijo los precios y me señaló la puerta que nos conduciría a otro mundo. Me quedé con las ganas, no habíamos venido a éso y mi acompañante me quería en exclusiva.  Toqué los culos que pude, metí mano a algún escote y volví a mi sitio.

Me sorprendió que fuera ella, la preciosa joven que estaba hace un momento en la barra ahora estaba allí, delante de mis ojos, con tan poquita ropa… Sensual como ninguna, provocándome con su mirada. No pude resistirme, abrí un poco más mis piernas, apoyé delante los pies y, recostándome me subí la falda para poder meter  mi mano entre las piernas.

 

Su objetivo lo estaban consiguiendo, me tenían alteradísima. Y ella seguía moviéndose para mí, sin dejar de mirarme, prometiéndome unas mieles que no podría alcanzar.

 A ese sí que le conocía, no guardo recuerdo de cuál era la mujer que estaba con él pero sí que desee ser yo la afortunada. Dinio estaba sobre el escenario, actuaba como macho dominante y la agarraba con furia y se le notaba brusco y a ella un tanto molesta. Pero eso le provocaba y él seguía con un punto más  de fuerza. Tiraba de su rubia cabellera, la colocaba a cuatro patas y daba golpes de riñón sonoros. Y yo estaba siendo transportada a la edad de piedra y estaba viendo a un semental marcando a su hembra y no podía dejar de desear haber sido yo la que allí estuviera. Y para rematar aquella exhibición de poder masculino, de pie, con su miembro turgente en su mano, continuó dándose placer, demostrándonos la fuerza de su masculinidad y ofreciéndonos el espectáculo de ver salir el preciado líquido, con fuerza, a chorro, empapando las cortinas.

Cuando apareció ella yo estaba derretida en mi asiento. El pulso acelerado, rubor en mis mejillas, las piernas abiertas y mi sexo húmedo. Buscó entre el público y a mí me faltó tiempo para saltar al escenario. Me ofreció su boca y yo la tomé entera, besándola con pasión y tocándola con premura adolescente. Yo a penas era consciente de lo que estaba pasando pero poco a poco mi ropa fue cayendo al suelo y sus caricias se iban intensificando. No tenía ojos más que para ella y temía el momento en que mi tiempo concluyese. Estaba desnuda, con su mano entre mis piernas, colocada de rodillas, mirándola. Entonces aparté su apretado tanga para descubrir su secreto y me dejó que la metiera en la boca, deseosa de notarla caliente y dura. La plataforma siguió girando pero las cortinas me ocultaron del público. Nunca sabrán que en esos momentos hubieran podido hacer conmigo lo que hubieran querido, estaba totalmente entregada al placer y deseosa de experimentarlo allí mismo, bajo aquellos cegadores focos.

 Pero me dejaron marchar abrochándome la blusa, sin bragas y jadeante.

Imposible recordar nada más. Sí, salieron al escenario alguna belleza que otra y bailaron pero mis ojos ya no se centraban. Estaba borracha de imágenes impactantes, de escenas que no olvidaré mientras viva. Ahora era tiempo de retirarse y dejar que todo aquello bullera en mi cabecita mientras me entregaba al placer carnal.

Extraños en un tren: La ida a Barcelona

Nada más ocurrir lo conté, tenía miedo de que aquello pareciera sólo un sueño. Pero el relato se perdió y aquellos hechos continúan rondando mi cabeza.

Un cliente me contrató para pasar con él un fin de semana en Barcelona. Con escueto equipaje me subí en el AVE, dispuesta a descansar, leer un poco, en fin, nada particular.

Ya estaba sentada en mi asiento, junto a la ventana, cuando llamó mi marido. Al principio bien, le dije que tenía ganas de continuar con mis lecturas y que me dejaría llevar por el sueño. Pero su tono comenzó a ser un tanto burlón cuando dijo que él también podría estar tranquilo porque en esas condiciones no me quedaba más remedio que ser buena y modosita.

Consiguió sacarme de mis casillas, y toda indignada le aseguré que se comería sus palabras.
Colgué el teléfono y me dirigí al chico que estaba sentado a mi derecha. Al principio hizo como si nada pero le insistí: “Fíjate lo que me ha dicho mi marido”. Procuraba distraer su mirada hacia el libro que tenía delante pero yo tomé su mano, me desabroché un botón de la blusa y me acomodé en mi asiento.

Hizo algún intento de zafarse pero su mano volvía de nuevo a acariciar mi piel. Jugamos un buen rato, metía los dedos debajo de mi falda, me permitía que yo le recorriera también, comprobando lo excitado que estaba.

En un momento dado le propuse que nos acercáramos a uno de los servicios. Primero que si la gente nos podía ver y luego que si estábamos muy cerca de Zaragoza y a él le gustaba hacer las cosas con calma. Total, no quiso, pero entonces el dije que no le quedaba más remedio que seguir masturbándome hasta que se bajara, seguro que no querría dejarme en aquel estado de excitación.

Busqué que me diera placer, abría lo suficiente las piernas para que su mano pudiera moverse, que sus dedos juguetearan con mi clítoris, que se mojaran de mí.

Y en este estado, las piernas sobre el asiento, la falda inexistente y el escote abierto, llamé a mi hombre. Su tono era abiertamente burlón “¡¡sólo has conseguido que un tipo te haga un dedo!!”.

De acuerdo, no me sentaría hasta lograr a un hombre dispuesto a complacerme.
Recorrería todos los vagones, uno por uno, buscando cualquier hombre que se viera solo y a todos ellos les haría una propuesta muy concreta, entretenernos un ratito en los servicios.

Comencé en la cafetería, entablando conversación con uno que leía el periódico y luego lo intenté con el camarero. Con un chico que había salido a hablar por teléfono donde el equipaje. Me senté al lado de un joven simpático, me paseé arriba y debajo de forma incesante. Y las contestaciones eran todas del mismo estilo, nadie se mostraba ofendido, antes pensaban que fuera una broma.

Después de la segunda parada quedaba poca gente. En el primer vagón un hombre solo, de pie, miraba por la ventana. Me fui a sentar lo más cerca posible, sin saber que era justo el asiento que él ocupaba y así entablamos conversación.

Ante la pregunta de qué haces dando vueltas, pues le dije que mortalmente aburrida pero que estaba seguro de que el sabría cómo entretenerme. Una pequeña objeción, dijo estar casado, pero claro, yo también. Y tras unos instantes de duda se decidió a acompañarme.

Cerré la puerta tras de mí y comenzamos a besarnos con premura, con nervios. Nos desabrochamos la ropa, con premura adolescente, frotándonos, jadeando. Me puse de rodillas, quería probarle con mi boca. Estaba duro, tenso, le recorrí con la lengua despacio, recogiendo dos gotitas que habían surgido de él. Cerré mis labios sobre él y succioné con gusto, mientras movía mi cabeza arriba y abajo parsimoniosamente.

Me volvía a poner de pie, no quería que se terminara tan pronto el juego, ahora era mi turno. Con la mano en el pecho le empujé un poco para que se sentara. Entonces, despacio me fui sentando sobre él, sin dejar de besarle, hasta tenerla toda dentro. Estaba empapada, su miembro se deslizaba acompasado y yo buscaba mi placer moviendo las caderas en círculo primero, después metiéndola toda, así hasta sentir que me había llenado el coño de leche. Entonces me corrí, le retuve un instante más entre mis piernas, dejé que todo mi cuerpo se estremeciera.

Me moví despacio, con los muslos empapados. No quería limpiarme, quería seguir con la evidencia de mi desliz, mojar las bragas y seguir recordando que había estado unas cuantas horas zorreando a mi aire por aquel tren.

Estaba deseando encontrarme con mi cliente y que él también me recompensara.

Ya estábamos entrando en Barcelona y llamé para contar el resultado de mi viaje. Una foto daría fe de lo que acababa de ocurrir. Se sobresaltó, realmente no se lo esperaba y tampoco esperaba yo excitarle tanto con aquel desaire. Le dije que no se preocupara, que me quedaba la vuelta al día siguiente.

Viajar en tren puede ser toda una experiencia.

Despedidas de soltero, haberlas, haylas

Nunca pasa. Cada vez que llaman para proponer un plan semejante, unas cuantas veces al mes, pienso lo poco originales que son algunos para dedicarse a vicios solitarios.

Esta vez no me parecía el típico juerguista, así que contesté todas sus dudas. Lo hablaría con el resto. Y pasó la semana y nada más supe de ellos hasta el mismo día de la fiesta, por la mañana. A esas horas aún no tenían cerrado nada y no lo tendrían hasta casi la hora de cenar. Me llamaron entonces, digo yo que les fallarían el resto de planes porque quedaron en venir a verme sobre las doce.

El plan sería una hora de dedicación sensual plena al novio y a cinco de sus amigos. Ninguno tenía idea de pasar del tonteo a algo más serio, al menos así se plantearía.

Llegaron a mi calle y una copa más tarde me llamaron. Seis estupendos chicos se franquearon el paso hasta el salón. Allí todo preparado, luz indirecta, música a media voz y una silla destacada entre los sofás. Esa era la destinada al novio.

Tenía preparada música para un tradicional striptease pero eso hubiera durado sólo unos minutos.  Mi principal víctima estaba sentada en la silla, piernas abiertas, manos juntas y bastante nervioso. Me coloqué en su regazo, procurando pegar mi cuerpo en lo posible al suyo y coloqué sus manos de manera estratégica. Entonces se me ocurrió que podría ser más divertido jugar con ellos, irlos calentando hasta ver a dónde llegaban.

Lo primero sería quitarme el carmín, rojo intenso y  permanente, para lo que necesitaría la ayuda de varios caballeros. El primero lo tenía debajo, así que, sin preguntar, comencé a besarle; al principio no respondía pero insistí hasta notar que sus labios se aflojaban y que empezaba a jugar con su lengua. A horcajadas, acompañaba mis besos de intensos movimientos, hasta que noté entre las piernas que se iba cumpliendo otro de mis objetivos.

Y después de él, me fui sentando sobre cada uno de los chicos. Sus respuestas fueron todas apasionadas, salvo la de uno, el más joven del grupo que rechazó la propuesta (ya se sabe, ese también tenía novia).

Subí un poco el volumen de la música y pedí que alguno me acompañara bailando; la cosa era sencilla, no hacía falta ser gran danzarín, sólo arrimar cebolleta. Mientras alguno se iba animando cogí al novio, me pegué bien a él, una pierna entre las suyas, movimientos de cadera. Entonces se levantó el más lanzado y se puso detrás de mí. Las manos corrían por mi cuerpo, apretaban todas mis curvas y los tres  ondulábamos al compás del calor de nuestra entrepierna. Los danzarines fueron cambiando y el calor ambiental era insoportable.

Ahora tocaba ayudarme a estar un poco más fresquita. Unos con el escote delante de los ojos, otros con mi trasero, cada uno hacía lo que podía por desabrochar un botón o un corchete. El que lo tuvo más difícil fue el novio. Le tumbé en la alfombra, el objetivo era que retirara mis braguitas, pero  era difícil porque me dediqué a restregarme por su boca hasta que cedió y comencé a notar la calidez de su lengua mojada, primero inmóvil, después inquieta, gustando los matices de mi sabor.

Pedí, rogué pero ninguno tuvo a bien satisfacer mis deseos. Propuse un rato a solas en la habitación contigua, o en el sofá junto a los compañeros, pero ninguno desabrochó un solo botón de sus pantalones, lo máximo que me dejó uno fue colar mi mano por dentro y magrear algo.

Así que decidí seguir jugando para darme gusto. Cogí unas bolas chinas, me senté en la silla y puse a dos de ellos entre mis piernas. Uno accedió a mojarme a mi y el otro las bolas, usando para ello sus bocas. Despacio, haciendo presión constante, con los ojos idos de excitación, fue introduciendo en mi cuerpo aquel objeto. Una bola y después la otra. Entre todos se dedicaron a jugar con ellas, dar tironcitos suaves, sacar una, volverla a meter con el entusiasmo que no se permitían poner en desfogarse.

Cuando todos hubieron probado, las saqué empapadas. Pero yo quería seguir jugando, busqué un consolador, mi favorito, me tumbé sobre tres de ellos, abrí bien las piernas y lo puse en marcha. Los otros dos estaban de pie los ojos como platos, los labios entreabiertos.

Les dejé que se fueran turnando, moviéndolo despacio, sacándolo a veces. Y quise que me lo dieran para ser  yo quien diera los últimos toques con la presión justa para correrme.

Aquello había sido más de lo que ninguno esperaba. Me dieron un beso de despedida. Y me dejaron que les hiciera una foto de espaldas, a cambio de una mía.

Me marché a casa con un estupendo sabor de boca. Profundamente dormida estaba cuando sonó mi teléfono y respondí instintivamente. Cuando me dijo el chico que estaban unos amigos en una casa celebrando una despedida de soltero y que si podía ir, casi me dio la risa.

Tres amigos con una idea muy clara, que el novio probara otra hembra antes de la noche de bodas. Cada uno sentado en un sofá, un buen beso para entrar en calor. Pero no, no seguí sus recomendaciones y allí mismo fui quitándome la ropa y dejando mi culito en pompa comencé a comerme al novio, mientras los otros rebullían. Al poco estábamos todos en la habitación, tres magníficas pollas a mi alrededor dispuestas para todo. Y mientras me metía una en la boca, la otra se aproximaba a mí por detrás. En el desmadre, uno dijo, al novio, al novio, así que le tumbé y me monté sobre él. El más jovencito tumbado a nuestro lado me daba la boca mientras se masturbaba. Y entre los dos me llevaron al orgasmo, arrastrando también el novio. Empapada de él me subí en su amigo al que le hicieron falta sólo unos cuantos besos más para correrse. Me fui a levantar de la cama pero una mano me agarró por detrás y me dejé caer para facilitarle la labor;  de pie, repuesto ya, el novio  había sucumbido a la tentación de tomarme de nuevo.

Faltaba uno, fui a buscarlo al salón pero no quería venir, decía que no preocupara que el llevaba su ritmo y que era un poco particular. Volví al cuarto y ahora solos, comencé a jugar con mis labios a comer y chupar su hermoso miembro, turgente, enhiesto. Ahora a cuatro patitas probaríamos mi culo, todo estaba permitido.

Todo había pasado muy rápido y había sido muy intenso. Descansaban fumando un cigarrillo en el mismo sitio donde les viera al principio. Hice entonces la maniobra inversa, me volví a poner mi vestido  y me acerqué a darles un beso de despedida. Comentábamos la jugada, lo que me gustaba mi profesión de puta vocacional cuando el único que no había consentido en penetrarme me agarró entre sus brazos y me hizo caer sobre él. Me vi llevada de la mano de nuevo el cuarto y allí lanzada sobre la cama. Mientras hozaba en mi entrepierna, tras la puerta entornada, su amigo miraba. De rodillas me puso para tomarme y mientras el otro había iniciado el tímido avance por la habitación. Así de nuevo tuve sustituto, según se satisfizo el primero y me liberó, me tomó de nuevo el novio. Uno tras otro, pasando de mano en mano, gozando cada vez un poco más, si cabe. Sentirme manejada por esos hombres, unos perfectos desconocidos que usaban de mí a voluntad, qué más podía pedir. Volvió a derramarse dentro de mí, me chorreaba el semen por la entrepierna y yo me acariciaba, disfrutando de aquel regalo.

Ahora ya me podía marchar con el trabajo bien hecho. Pero antes les pedí una foto, sin ese testimonio, hoy me parecería mentira que lo improbable ocurriera dos veces en el mismo día.

Alberto Alcocer 43, Clara del Rey 39, Princesa 3 dupl… El Pardo bajo las estrellas (III)

El sitio más común de una cita es un apartamento. En eso estamos todos de acuerdo.

Pero a partir de ahí el límite es la imaginación y tu placer. Quiero compartir con vosotros alguna de las situaciones morbosas para todos los gustos.

Él sólo busca el exhibicionismo. Escondido detrás de un árbol espía cómo me quito la ropa en un parque público, a plena luz del día. Sé que me sigue mientras camino desnuda y disfruta viéndome sentarme en cualquier banco. Me acaricio para él y para los pocos curiosos que se atreven a quedarse mirando. Recuerdo al de la bici, casi tiene un accidente por mi culpa.

La palma se la lleva un caballero que tenía la fantasía de engañar a su mujer en su propio lecho, sin que ella lo supiera pero mientras que la susodicha durmiera en el mismo emplazamiento. Aquel día llegué a temer por mi vida imaginando la reacción de una mujer que descubre a su marido con otra a centímetros de su piel. Todos los movimientos fueron medidos, las respiraciones silenciadas. Y la intensidad fue tal que dudo que entre sus sueños no se colaran imágenes que hicieran para ella también aquella noche inolvidable.

Cuando vamos a clubs de parejas liberales puede ocurrir cualquier cosa. El día dependerá de quién se encuentre en ese momento allí. Puede que justo esa tarde haya partido y sólo cuatro despistados hayamos entrado. Y, al contrario de lo que suele pensar la gente, ese día de poca compañía es, precisamente, el día en que se organiza una fiesta tremenda.
Me acerco siempre a ellas y sus reacciones son tan variadas como tipos de mujer.

Siento un especial placer cuando ellas, algo pudorosas, retiran mi mano y dicen que no pero entonces sus acompañantes me piden que siga y la retienen para que no se vaya. Alguna mantiene todo el tiempo sus reticencias. Un cierto forcejeo cuando separo sus muslos sólo me estimula para que la disfrute como fruta prohibida. Lo tremendo entonces es observar el momento en que aquella fuerza desaparece y deja paso al total abandono. Son ellas las más escandalosas y siempre mis preferidas.

Jugar por debajo de un mantel es algo casi imposible a día de hoy. Son pocos los restaurantes que mantienen en sus mesas una tela que vele al resto de comensales la falta de recato que mostramos. Más fácil entonces que sus servicios sean los que sirvan para el fugaz encuentro. Y más difícil evitar cruzarse con alguno que se ha percatado del juego y mira con ojos deseosos.

Todo vale en el amor y en la guerra.

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

MariaG sexo natural, tu puta en Madrid