Mis andanzas de putera

Noemi, una pinup en tus sueños

Habíamos coincidido en una fiesta y no me podía quitar de la cabeza la imagen de sus piernas enfundadas en unas delicadas medias de encaje, apareciendo por la escalera. Pelo corto, deliciosamente ondulado, uñas cortitas de rojo carmesí, ojos grandes, pestañas largas. Fuimos tres los que la admiramos en la fiesta, mi marido, mi novia y yo, incluso él llegó a comentar que le gustaría que la contratásemos. Pero quería ser yo la primera en probarla.

La llamé para concertar una cita y me complací haciendo las preguntas de rigor, esas que todos los días me hacen a mí. Eso es lo que estaba deseando. Una cita en la que ella debía estará a mi merced. Deseaba sentir que por un rato era mía, que había comprado su atención y su cuerpo.

Quedé con ella pocos días después en mi apartamento. Fue por la tarde para que mi novia estuviera en clase y no se pusiera celosa pues a ella también le había gustado la moza. Pero no, ese día no tenía clase hasta más tarde y mi ardid fue descubierto y sus morros llegaban a China.

La recogí en el metro. Llegó a la cita envuelta para regalarme la vista. Acababa de apagar un cigarrillo. Sólo una cosa le pedí, que se quitara el pendiente que llevaba en el labio, quería poder besarla a gusto, sin nada que lo entorpeciera.

Zapatos de tacón y trenca tres cuartos. Medias de liga cubrían las largas piernas, un somero vestido se ceñía a sus curvas. Tímida, algo callada, fui quitándole la ropa despacio, deleitándome en sus encajes y descubriendo sus encantos.
La senté en el borde de la cama y comencé a besarla. Su boca acompañaba a la mía y se iba entregando. Los ojos entrecerrados, el ritmo parsimonioso, su lengua afloraba coqueta y buscaba la mía. Abandoné mis dedos para que se perdieran, para captar todas las sutilezas de su piel, su blancura, su delicadeza, su calor.

Por una vez, dejé que fuera ella la que tomara la iniciativa. Me fue conduciendo con sus besos hasta recostarme. Y siguió con sus besos recorriendo mi cuerpo, dándole su tiempo a cada parte sensible. Abrió mis muslos, acarició primero con sus manos y bajó su cabeza hasta tener mi sexo dispuesto para ser catado. Comenzó a jugar con su lengua y sus caricias me estremecían; aplicaba su boca, jugaba con sus dedos. Me tenía rendida de placer. Y siguió, y le retuve la cabeza para que continuara y continuó y mi cadera se iba detrás de su ritmo y yo no podía cerrar mi boca y aquel placer crecía hasta hacerse intolerable. Agarré su cabeza ahora con las dos manos, no deseaba que la moviera un milímetro, quería que siguiera un instante más, un espasmo más, un instante más hasta derretirme. Hasta que estalló, incontrolable, un torrente de placer que anegó mi cuerpo.

Aún jadeante quise probar de nuevo sus labios empapados de mí. Esa fue la excusa para ser yo la que tomara posesión de su cuerpo. Me deleité acariciándola entera, pasando mi lengua por todos los recovecos que encontré. Y me apliqué a comer su coño, mojado, de suave olor y su culito que se abría despacio. Y toda empapada de ella, busqué posturas de contacto entre nosotras para restregarnos como gatas en celo y darnos placer mutuamente.

Su respiración se agitaba por momentos, gemía, pero su inspiración desaparecía. Así que le pedí permiso para arreglar el desaguisado con mi novia e invitarla a entrar.
Saltó del sofá como un resorte y le faltó tiempo para quitarse la ropa. LucíaC estaba rabiosa por no haberse colado en el cuarto y tampoco se había atrevido a abrir la puerta y tomárselo sin permiso. Un beso en los labios y en unos instantes tenía su boca aplicada a la labor que yo había interrumpido. Mientras, volví a sus besos y a sus pechos deliciosos, acompañando su cuerpo con cada nuevo espasmo placentero. No me pude contener, fui deslizando la liga de su media hasta tener la pierna totalmente desnuda. Entonces me dediqué a la contemplación de sus pies y sus dedos se colaron en mi boca y mi lengua se entretuvo lo que quiso. Y después sus plantas, los tobillos, las rodillas, tenía necesidad de todo, de sentirlo todo, de lamerlo todo. Se agitaba inquieta y al levantar el torso, retorciéndose incontrolada, coloqué mi cuerpo detrás del suyo y tomándola por detrás, tenía libre su cuello para besarlo y con las manos la recorría entera.

No paramos hasta tenerla rendida, hasta que se derramó en la boca de Lucía.
Y nada la detuvo entonces, quería devolver lo que mi novia le había hecho. Las dos caímos sobre ella y la cubrimos de besos. Estaba empapada, jugosa y a punto de caramelo. Y mientras que las dos se complacían, saqué un juguetito y me dediqué a besar a Lucía, tumbada a su lado sin retirar el adminículo de mi cuerpo para corrernos las dos abrazadas, unidas por nuestas bocas.

Habíamos buscamos en la otra su postura y su gusto, procurándonos placer, acompasando nuestros gemidos hasta terminar las tres derrengadas y estremecidas.

Resumiendo: todo un lujo de cita, por ella, por su encantadora persona, su físico tremendo y su implicación. Fabuloso.

La última visita a un club

Su amiga Raisa me la estaba vendiendo desde hacía rato y yo mucho caso no le hacía pero mientras tanto comprobaba la calidad de sus carnes prietas. Pero cuando bajó me di cuenta que era la mujer más deseable que había visto en una temporada. Me llamó la atención su pelo, una perfecta melena negra y ondulada que contrastaba con el modelito: rejilla blanca cubriendo todo su cuerpo y un pantaloncito mínimo.
Estaba sentada en una silla, me acerqué y mientras le preguntaba si querría subir conmigo dejaba deslizar mis manos por sus largas piernas. Deseaba, sobre todo besarla pero ella no quería que la vieran el resto de colegas. Así que me contuve.

Subimos los cuatro y me hubiera encantado encontrarme una cama grande y amplia que nos permitiera meter mano a las dos chicas al mismo tiempo. Pero los hados no nos fueron propicios y cada uno se colocó en su camastro con su brasileña.

Era tímida y yo no quería violentarla así que la empecé a acariciar despacio mientras que, con delicadeza apartaba la ropa de su cuerpo. La senté en la cama primero y terminé reclinándola, acompañaba cada gesto con suaves besos y caricias elogiando su hermosura. Poco a poco empezó a responder a mis caricias y también sus manos empezaron a buscar mi cuerpo, mientras nuestras respiraciones se hacían cada vez más superficiales.
Tenía unos pechos pequeñitos y unos pezones reactivos, de esos que apenas los tocas notas como se estremece entera. Y seguí mi recorrido de besos por su vientre hasta perderme en su entrepierna. Me empapé de su olor y caté su sabor, era deliciosa, no quería despegar mi boca de su coñito. Así que me puse cómoda y dejé que ella me fuera indicando con sus movimientos cómo le gustaba. Sus caras eran indescriptible, se mordía los labios y se tapaba la cara con el brazo.
Sólo le costó un poco y su orgasmo fue derramándose en mis manos y en mi boca, inundándome.
Ahora era mi turno. Ella seguía tumbada así que no le di muchas opciones, me puse encima de ella, le sujeté una pierna doblada y hacia arriba y me monté sobre ella. El contacto era total y profundo. Al cabo de un poco yo necesitaba su boca, quería volver a besarla. Y me deslicé sobre su piel hasta colocarme encima de ella, así ya la tenía a mi alcance!
No tardé mucho en seguir su ejemplo y correrme, sin apartar un solo instante mis labios de los suyos.
Y nos quedamos unos minutitos recostadas en la cama y haciéndonos esos mimos que nos volvían locas.

Publicado el 4 de Agosto, texto recuperado de mi blog censurado

Con cinco chicas más

Faltaban unos minutos para la hora convenida, las doce en punto. No se cuál de las dos iba más nerviosa. El premio que nos había tocado en aquel concurso era extraordinario: una hora con cinco de las chicas de aquella casa. 

Con camiseta, marcando curvas, una rubia nos abrió la puerta. La miré de arriba abajo preguntándome si ésta sería una de ellas.
¡Qué pequeño es el mundo! En el saloncito donde debíamos esperar apareció Lourdes llevando a un cliente saliente de la mano; le saludé cariñosamente, no hacía mucho que nos habíamos visto por última vez. Pero me mostré inflexible, al igual que mi colega: No, no era posible que estuviera presente y sí, realmente muchos se dejarían cortar una mano contal de mirar por un agujerito lo que estaba a punto de pasar en el piso de arriba. Como consolación, Michell le plantó un largo y cálido beso.

Una vez que nos quedamos solas, hablamos un poco de nuestros nervios y de lo extraño que nos resultaba el cambio de papeles. Sabía que serían cinco pero no sabía cuáles. Así que deslicé suavemente mi mano por la cintura de Lourdes y la fui bajando mientras le rogaba encarecidamente que ella también estuviera. No me costó convencerla, a ella también le gustaba el juego.

Avisaron de que estaba todo dispuesto y nos condujeron al piso superior. Una cama amplia en una habitación espaciosa, un ambiente cálido, a media luz. Fue entonces cuando empezaron a entrar, se abrió la puerta y fueron pasando una tras otra. Cada una con su estilo pero todas provocativas, primorosas. Tacones, medias, minifaldas, vestiditos, todas iban divinas pero sin duda destacaba entre todas ellas Lourdes, espléndida y guapísima.
Siete mujeres y una hora por delante.

Silvia, Irene, Mabel, Vanesa y Lourdes. Lourdes, Mabel, Irene y Silvia, se me han gravado a fuego. Formando un semicírculo para envolvernos, mis manos no sabían por cuál de ellas decantarse.
Michell, con la timidez que la caracteriza, quería mirar primero para ir metiéndose poco a poco; es cierto que le gusta mucho mirar pero no podía quedarse fuera y perderse semejante banquete. Mi amante necesitaba uno besitos reconfortantes que sirvieron de acicate.

Y dio comienzo el festival. Bocas entreabiertas se deslizaban por nuestros cuerpos y sus manos ávidas nos recorrían. Minutos eternos de besos continuados, no había un instante en que nuestras bocas estuvieran ociosas. Yo deseaba probarlas a todas y comencé con la que tenía enfrente. Irene se aplicó con pasión a mis labios, mientras Silvia no paraba de sobarme la retaguardia. Se me fue quedando pequeño su escote momento en que la primera prenda salió volando y pude enterrar mi cabeza entre sus pechos. Descubrí con delicadeza los pezones y mi lengua los exploró, primero lentamente hasta terminar succionando con deleite.
Luego le tocó el turno a Mabel, momento en el que tironearon de mi ropa, me vi levantando los brazos para facilitar el trabajo y ayudando con mi falda. Estaba desprevenida, no esperaba el contacto cálido de un cuerpo que se apretaba contra mí, por detrás. Era la diosa del lugar que me agarraba y recorría mi cuerpo con su lengua; mientras, Silvia y Mabel terminaron de desnudarme sin dejar un solo momento de darme placer. Me sentía buscada, deseada, sobre todo por Lourdes; eso me volvía loca, dado que no estoy habituada a un papel pasivo en mis relaciones.

Cuando podía, levantaba la cabeza y espiaba a mi amante. Podía ver su respiración entrecortada y oír sus gemiditos. Aunque no hubiera ocurrido nada más, sólo la intensidad y la sensualidad de las bocas besándose hubieran bastado para sobrecogerme y matarme de gusto.
Deseaba empezar a degustarlas más a fondo y entonces me fijé en una de ellas totalmente vestida. Con su cuerpecito adolescente, Vanesa destilaba inocencia y eso me hizo alterar mi orden de preferencia en la cata. Me puse de rodillas en la cama y le hice un gesto con mi dedo para que se aproximara. Una emoción desconocida me embargaba, me sentía como quien va a desflorar a su primera moza. Se quitó despacio la ropa, quedando sólo lo más íntimo. Pedí ver un poco más y aparecieron unos pechos turgentes con pezones como capullos en flor, desafiantes. Aparté con emoción su bragita, regodeándome en esa primera visión aún velada. No pude resistir más, quería paladear su sabor.

Mientras ella retiraba por completo la prenda de su cuerpo, levanté la cabeza buscando a mi pupila. La encontré a los pies de la cama totalmente rodeada, con los ojos medio cerrados de placer. Se dio cuenta de que la observaba y me dedicó una sonrisa. Le guiñé un ojo y dirigiendo mi mirada hacia una de sus captoras le pedí que me ayudara en mi función de catadora. Parecía como si hubiera estado esperando que yo le diera la señal para caer hambrienta sobre el sexo de Silvia.
Una vez asegurada su ocupación volví a llevar mi boca hacia el cuerpo de Vanesa. Fui recorriéndolo con mi lengua hasta llegar a su monte y lo soñé rubito como era ella y me dio más morbo si cabe explorarla con mis dedos y apreciar el sabor marino de sus jugos.

Manos innumerables recorrían mi cuerpo, incesantes. Alguien dijo entonces, “ahora te toca a ti” y me colocaron boca arriba. A la vez que Mabel me besaba apasionada, Silvia e Irene hacían un tándem perfecto, mientras la primera me buscaba con los deditos, la segunda lo hacía con su boca. Me tenían estremecida, jadeaba y me contraía sin poder distinguir cuál de ellas me otorgaba mayor placer.
El espectáculo era grandioso, todas esas ninfas retozando a mi alrededor para el solaz de los sentidos.

Mientras tanto Michell había sido recostada de la misma manera que yo, pero era la mano experta de Lourdes la que le estaba complaciendo. Ella me buscaba, quería compartir conmigo los distintos sabores que portaba en su boca, conseguidos a base de libar los jugos ajenos. Me entregué a besarla, se había convertido en mensajera de exóticas esencias que yo jamás había probado antes.

Y entonces ocurrió lo que yo estaba deseando que me pasara a mi. Michell se abrió bien de piernas para poder recibir a su amazona. Lourdes la estaba montando, apretaba su cuerpo contra el otro haciendo coincidir sus sexos, frotándose para darle placer y obtenerlo ella al mismo tiempo. La besaba, agarraba de la cabeza y la jaleaba. ¡Cómo se movían! Fue la puntilla, entre todas habían conseguido mi primer orgasmo. Pero ellas seguían en una cabalgada salvaje.

Quería seguir atendiéndolas, me fijé en Irene, tan ocupada estaba de nosotras que merecía su recompensa. Ahora era yo la que avanzaba sobre su cuerpo cual leona, deseosa de hundirme entre sus cálidos y envolventes pechos. Me miraba con deseo, con unos ojos oscuros, penetrantes y lujuriosos. Y yo la besaba, la besaba, me la comía a besos y comencé a recorrer con mis labios su cuerpo, amasando, agarrando con mis manos como si fuera ésta la última mujer que fuera a catar en mi vida. Deseaba que su cuerpo no terminara nunca, que me siguiera abrazando con todo su ser. Mi lengua detectó un tono afrutado según me alejaba más de su ombligo.
No pude evitar pensar en Rosa Amor, cómo nos habríamos compenetrado mi Rosa y yo y en que le estaba siendo infiel con otra y me pediría cuentas, como amante celosa; al fin y al cabo habíamos recibido las dos el premio al mejor lésbico del año. Estaba segura que me lo perdonaría en el momento en que le escenificara aquel momento.
Un estremecimiento recorrió su cuerpo cuando mis manos le abrieron con firmeza las piernas lo justo para tener acceso a la intimidad de su sexo. Y mi lengua fue buscando la forma, primero toques largos, luego más suaves, variando la presión según el ritmo de sus caderas. Y con las manos agarraba su culito y lo elevaba un poco para llegar mejor con mi lengua al deseado lugar.
Así que no pude ver como Lourdes se había aproximado a mi, pero reconocí su mano en cuanto comenzó a acariciarme. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer conmigo, me manejó como quiso y yo no podía dejar de gemir de placer. Colocó su mano de forma magistral y comenzó a masturbarme. Fue adquiriendo ritmo mientras uno de sus dedos se deslizaba dentro de mi coñito.
Yo seguía sobre Irene y le pedía su boca, que no dejara de besarme. Otro de sus dedos se fue deslizando en busca de otro agujero donde introducirse; y lo consiguió. Me tenía cogida, sujeta por mi punto de gravedad, haciendo pinza con esos dos dedos que no dejaban de moverse. Me jaleaba, provocando que mis jadeos se hicieran cada vez más intensos. En ese momento me agarró del pelo y firmemente tiró de mi, lo suficiente para que yo tuviera que doblar el cuello hacia atrás. Me estaba poseyendo y a mi me volvía loca y le pedía que no parara, hasta que me desbordé por segunda vez, descargando toda la tensión en mis gritos de placer.
Sólo quedaba rematar a Michell, ”ayúdame tú que la conoces mejor” y Lourdes y yo nos pusimos sobre ella, la una con sus dedos y la otra con la boca. Las otras cuatro chicas no cesaban un momento de comerle los pechos, acariciarla, besarla. Ella no daba crédito a lo que veía y les agarraba la cabeza, se contraía. Y fue llegando, lento e intenso, hasta dejarla desmadejada en el corro de chicas traviesas.

La ropa había quedado esparcida por la habitación. Aún bajo los efectos del colosal placer, volvimos a cubrir nuestros cuerpos y nos despedimos cariñosamente. Fue Silvia la encargada de conducirnos de regreso al mundo real.
Definitivamente mi marido se iba a desmayar cuando se lo contara, estaría mordiéndose las uñas a la espera de noticias. Se lo pensaba contar con pelos y señales para que luego me diera mi premio por haber sido tan traviesa. Y así fue, Michell y yo procuramos transmitirle con nuestro cuerpo lo que es difícil contar con palabras. Ahora, cuando trabajamos juntos evocamos estos momentos.

Una experiencia así me confirma una vez más mi necesidad no extinguida de seguir siendo cliente de putas.

Publicado el 4 de Agosto de 2009, Texto recuperado de mi blog censurado

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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