Como puta por rastrojo

O la puta al río

Entonces nos sorprendía mucho su actitud, nos contrataba para dos horas, alquilaba un apartamento y cuando él terminaba su faena no consentía en que permaneciéramos allí, quería que nos vistiéramos de inmediato, aunque lo que estábamos deseando fuera jugar un rato más entre las sábanas.

Pues resulta que es más frecuente de lo que yo imaginaba ese síndrome de «o follamos todos o la puta al río».

Se ve reflejado de mil formas diferentes y siempre con el mismo patrón: todo parece distinto después del éxtasis y ya no queremos el juguete.

Ejemplos, todos los pensables, pues mil veces me he visto en situaciones de ese pelo.

Esta vez éramos tres pues contratada también estaba una trans. Y yo, que me pirrio por estas mujeres perfectas, que me tiro a sus brazos y gusto de todo su cuerpo, pues yo estaba en absoluta vorágine de placer.  Y nuestro cliente estaba encantado con todas las atenciones que le prodigábamos. Por eso mismo nuestros besos le tenían trastornado. Tanto es así que poco, muy poco pudo gozarlo. Así que salió de la habitación desnudo, arrastrando su ropa al pasillo, se la puso farfullando y esperó sin dejar de protestar hasta que dejamos nuestros tórridos juegos, para irse, sin dejar de denostar la falta de profesionalidad de una servidora.

En otra oportunidad viví unos minutos muy tensos. Sólo hacía unos días que había conseguido cumplir una de mis fantasías: Subirme a la cabina de un camión y probar su catre. Me había costado días de intentos porque los caballeros que, detenidos en una estación de servicio, no podían comprender que una joven quisiera subir sin cobrar y me contestaban que no. Así que, con la petición económica por delante, pude ver cumplida mi fantasía y ser invitada a conocer el lecho escondido tras los asientos.

Aquel sexo era en sesión matinal y una vez quisimos probar cómo sería por la noche. Decenas y decenas de camiones se agolpaban uno al lado de otro, parecía el paraíso. Subí a uno en el que cuatro hombres terminaban su cena. Me magreaban entre risas mientras acordábamos mi propina y el orden, cada uno quería en su reducto. Después del primero, el jovencito inexperto, me subo donde un hombretón que temblaba de puros nervios; él me contemplaba mientras me despojaba de mi vestido. Y sólo se aproximó a mí con su falo duro sobresaliendo de su ropa y, nada más contactar con mi piel noté la calidez de su simiente derramada.

De inmediato comenzó a decir «sexo no bueno» y a retenerme desnuda. Mis gritos debían de oírse en Roma porque, de repente, se abrió la puerta del copiloto y a penas entendí mas que una palabra mágica: policía. Y de inmediato me vi libre para vestirme y salir pitando de allí.

Y así podría relatar hasta desfallecer. Ya lo decían los romanos, «Eros llega alegre pero marcha triste»

 

Besos

La costilla de Adán

Ese día era excepcional, nos habíamos puesto de acuerdo todas y teníamos montada una buena juerga. Unas horaa en las que los clientes fueron usando sus tiempos con una o varias de mis amigas. Y en los tiempos sin ellos nosotras nos sabíamos consolar.

Viernes, Sábado, no sé qué dia era pero había fútbol y mucha animación.

Así que también me tocó a mí, con mi querida Rebeca. El tipo estaba borracho, muy borracho pero era  conocido, así que le ayudaríamos a terminar bien su noche.

Primero ella, una novedad bien sabrosa. Tumbada boca arriba y con las piernas abiertas, así acogía mi amante al viajero.

Me coloqué en la misma posición. Él, de rodillas, me miraba. Cerro los puños y se dejó caer sobre la camapara colocar un brazo a cada lado y sostener sus 130kg de peso sin aplastarme.

Pero un grito se escapó de mis labios y le empujé con todas mis fuerzas para salir de debajo. Uno de los puños había errado su trayectoria aterrizando justo en la base de mi pecho. Un crujido sonó y yo perdí por unos minutos la compostura.

Sentada a los pies de  la cama les animé a continuar. Respiré despacio para recuperar las formas, me moví muy despacito y recuperé mi sitio en el trío.

Y con  esas premisas conseguí terminar mi trabajo, eso sí, bastante más pálida que cuando comencé.

Así que sí, nuestra profesión tiene algunos riesgos; esa vez casi termino con una costilla de menos, como Adán. Y dando gracias de que sólo una de ellas fuera rota.

 

 

Besos

 

 

 

 

 

Aquí o follamos todas o la puta al río

Me llamó ayer. Era la relaciones públicas de un club. Me planteó la posibilidad de ir al día siguiente por la tarde, habría un espectáculo, mucha animación y necesitarían refuerzos para contentar a todos los caballeros asistentes. Si lo requería, me enviaría un chofer. La invitación era extensiva a mi amiga Lucía Cruz.

Por el momento iba a pensármelo.

Conocer el sitio, ver chicas, sumergirme en el ambiente de club, podíamos pasar una tarde muy divertida. Después de colgar el teléfono, me sumergí en la vorágine del día y no volví a pensar en ello. Así que me pillo de improviso la nueva llamada de esta mañana. No tenía ningún plan concreto para por la tarde y le pregunté si podíamos ir las dos y que nos acompañaría mi marido. Disimuló muy bien su sorpresa, dijo un “por supuesto”  jovial y quedamos en vernos unas horas más tarde.

Él no se sorprendió, muy bien me conoce. Pero ella se puso como un flan. No se esperaba nada así. Sería la primera vez que iba a conocer a profesionales de las de verdad, no como mis amigas y yo, profesionales de las de trabajo a destajo, clubs de carretera y lo que haga falta. Nada sabíamos sobre la concreción de lo que allí encontraríamos pero podía suponer por donde andaría la cosa. Metimos en una bolsa de viaje cuatro cosas y con los vaqueros y la cara lavada nos plantamos allí.

Todo estaba nuevo y relimpio, el club por un lado, el hotel por otro. En las plantas inferiores, las habitaciones de las chicas y las superiores para ocuparlas con los clientes. La recepción con sus sábanas limpias de a 3 higiénicos euros. Un letrero en la puerta con los horarios de las comidas. Y media docena de señores en camiseta que iban y venían de un lado a otro llevando cosas, portando herramienta, transportando vituallas. Parece que poco tiempo hacía que había sido inaugurado.

Con una habitación para cada chica, aquello tenía pinta de ser confortable. Abrimos la bolsa y nos preparamos. Lucía se sentía más cómoda con su vestido favorito, uno de cuadros, muy cuco,  de tirantes,  sus braguitas de algodón y una coleta bien alta; en cualquier caso una imagen muy poco frecuente en estos lares. Yo sería más clásica, corsé, encajes, ligueros, plumas, negro y oro, tacón de aguja, melena suelta. La imagen de las rameras de otro siglo rondaba mi imaginación al elegir la ropa.

Cerramos la puerta detrás y recorrimos un infinito pasillo hasta que la música pachanguera nos envolvió. Abrimos las cortinas y penetramos en la penumbra. María nos mostró las instalaciones mientras nos amenizaba con chascarrillos, muy animada, aquí el comedor, aquí el “chupa-rapit”, por aquí a las habitaciones. Las copas, los precios, el esquema común.

Lucía no podía cerrar la boca. Seguía trémula y sonreía con una mezcla de inocencia y picardía.

Fue ella la primera que detectó aquel tremendo trasero. Dos grupos de chicas bien diferenciados nos miraban de reojo. Primero simplemente nos quedamos en la barra. Mientras comentábamos la jugada, yo me iba fijando en aquellas mujeres. Ahora eran todo sonrisas entre ellas, dentro de un rato, cuando fueran apareciendo los hombres, se desmembrarían por parejas e iniciarían la guerra.

Al rato de estar sentadita en la barra, María me regaló un rato de cháchara. No me pude sustraer y le pregunté si ella también trabajaba. Dando gracias a Dios por haber dejado este trabajo me dijo que no, que había conseguido cerrar esa etapa de su vida. Ella había montado una casa muy bonita, con un montón de chicas, para ganar mucho dinero pero ya no había aguantado más. Pensaba que era un trabajo asqueroso. Y comentó más sobre la repulsión que le daba que le pidieran un dúplex y otra serie de lindezas. Antes de que tuviera que irse, le dije que esperaba que no les hablara así a todas las chicas porque más bien parecía una forma de desanimarlas. Me miró como si yo fuera un marciano, cualquier posibilidad de ver la prostitución como algo gustoso era para ella, simplemente, inconcebible. Me quedé apoyada en la barra con un vaso de agua delante, contemplando el panorama.

Resultaba incómodo estar allí siendo observada, así que tomé la iniciativa y me acerqué al grupo más nutrido. Me presenté, todas me dieron dos besos y dejaron que mi mano se posara, una tras otra, en su cintura. Dominicanas de edades diversas. La más joven, rondaba los 25, con un precioso cuerpo estilizado y rasgos con pinceladas orientales.

De la mayor, nadie diría que pasaba de los cuarenta, con una sonrisa entregada y manos pequeñas. Una mulata de trenzas largas con un escote como para perderse en él y labios carnosos. Con su bonito cuerpo, aquella rubia mostraba  cansancio sólo en los ojos. Leona de melena negra al viento, ojos negros, piel tostada y un vestido que no disimulaba sus curvas.

Todas hablaban de sus familias, de cuántos hijos y cómo, de cocina, cualquier cosa para matar el tedio. La una estaba casada y le decía al marido que cuidaba unos niños trabajando como interna; otra volvía todos los días a casa para estar con su familia; una quería ahorrar para mandarle dinero a su madre que estaba allá, en su país. Salieron varios temas curiosos, una de ellas mencionó el griego y, salvo una que alguna vez lo había hecho y que le dolía, todas decían que eso no se hace con un cliente. Les pregunté si alguna de las chicas del local le gustaban las mujeres. Todas se reían, claro que sí, todas podrían subir con un cliente, “mientras me lo haga a mí y yo no tenga que hacer nada”. Pero al decir que no, que no preguntaba por un show sino por algo real, con sexo de verdad, dijeron que no, pusieron cara de asco y me preguntaron si yo no sería tortillera. Me reía a carcajadas.

Les presenté a Lucía. Todas se admiraban de su tierna edad, decían que les recordaba a sus hijas. Todas le preguntaban qué hacía allí.

Dejé que ella se valiera por sí misma y me acerqué primero a las colombianas y después a las rumanas. Lo que no podía suponer es que, en mi ausencia se la iban a llevar a un aparte. Como gallinas cluecas corrieron a un supuesto socorro. La premisa que todas esgrimieron es que yo era su madam y que la extorsionaba. Ninguna quiso oír como mi pupila se defendía y afirmaba estar ahí de forma voluntaria. Pero cuando dejaron de creerla fue cuando dijo que le gustaba el sexo y la prostitución. ESO NO es admisible. Se puede ser puta, pero hay que ser decente y NO puedes disfrutar con ESO.

La escusa estaba servida. Y las gatas afilaron sus colmillos. En algún momento entrarían clientes y nosotras seríamos una competencia dura. Dos españolas guapas, de buen tipo, muy pícaras, provocando la lascivia de los hombres con nuestros besos.

No era la primera vez que me encontraba con éste tipo de envidias femeninas. Durante los días que pasé en otro club tuve que aguantarme cuando el encargado me llamó al orden porque vestía con poca decencia. Era la que más ropa llevaba puesta de las doscientas chicas del local.

Ningún caballero nos había honrado con su presencia hasta el momento de la cena. Pasamos en el primer turno, con los nervios ambas habíamos dejado el yantar para otro momento y ahora necesitábamos reponernos.

Había cambiado la actitud de la relaciones. Me acerqué a una de las mulatas para hacerle un comentario, nada de importancia. Ella se interpuso y dijo que no, que con sus chicas no. No entendía muy bien a qué se refería pero empezaba a sospechar. Si las fijas del lugar iban con el cuento a la encargada, nadie se pondría de nuestra parte. Para la propiedad sería más importante tener a las chicas que allí se alojan contentas, al fin y al cabo son ellas las que sostienen el negocio.

Fue extraño, todas habían desaparecido. El primer cliente y nadie las avisó para que fueran al salón. Lucía se escondía detrás de mí. Le susurré “¡venga! ¡Gánate el pan!” pero  salvo acercase un poco, colocarse entre los dos, nada más ocurrió. Me reí, le pedí disculpas al cliente, era su primera vez allí y era muy tímida.

Luego entraron dos más y después otros dos. Lucía se estaba animando. Comencé a besarla, como mi amante, como a mi novia y ella aflojó los miembros, relajó el talle y me miró sonriente.

Y estábamos terminando de cerrar el trato antes de subir con ellos. Al otro lado de la barra la encargada, muy seria, hablaba con mi marido. Intuí lo que pasaba y ambas, cogidas de la mano, salimos de la sala sin despedirnos de nadie.

Lo habían conseguido, dos lobas menos para repartir la carnaza.

El lobo disfrazado de cordero

Cuando llamó parecía un tipo nervioso y algo cortante en su forma de expresarse. No le di mayor importancia, supuse que se le pasaría.

Alto y fornido, rondando los sesenta, daba el mismo aspecto por teléfono que en persona. Pero en seguida comenzó a comportarse de manera muy peculiar. Hablaba en un tono muy inferior al que correspondía a su volumen torácico, farfullaba  y me veía obligada a pedirle que repitiera lo que decía, cada dos por tres. Ésto despertaba su hilaridad y me tildaba de estúpida por no llegar a comprenderle.

Entonces repetía las frases pero hablando si cabe más rápido, dando la sensación de boca pastosa, enredaba una palabra con otra. Claro que él debía pensar que era mi coeficiente intelectual lo que impedía colegir el significado de la maraña léxica.  Y se reía, cerraba los ojos, levantaba la cabeza. Yo estaba muy intranquila, no me parecía un tipo normal. Escribí un mensaje, necesitaba saber que mi marido estaba cerca por si la cosa se ponía negra.

Sus pupilas muy dilatadas no llamaban la atención en aquella habitación en penumbra pero sí sus movimientos oculares rítmicos y los leves tics de cabeza. Y no tardó más de cinco minutos en mostrarme cuál era la causa de sus desatinos, extendiendo un polvo blanco sobre la mesilla y ofreciéndome.

Hace años que descubrí que prefería el sexo en su estado puro, sin otros matices que los aportados por la novedad del encuentro de tu piel con la de otro. Rehusé.

Se quitó la ropa mientras me acariciaba. Repentinamente parecía querer una relación normal. Y durante un rato empezaba la cosa a funcionar. Me pidió que le tocara los pezones. Así lo hice y ese fue el momento de la primera crisis.

Porque, todo el mundo sabe que existe una única forma de tocar correctamente los pezones de un hombre y pensar otra cosa es tomar el pelo, ¿no? No era mi intención discutirlo y me apliqué en colocar los pulgares hacia dentro, las palmas sin contacto, el resto de dedos hacia atrás,… Momentáneamente la fiera se aplacó, se recostó en el lecho e incluso llegó a relajarse.

Las bromas que me gastaban no solamente eran de mal gusto sino que no tenían gracia ninguna; buscaban, simplemente, mi humillación.  Así que lo tomé como un ejercicio, a ver hasta dónde nos llevaba la cosa.

No me tocaba, decía que yo estaba deseosa de correrme, apunto y que era mejor para mí que no hubiera contacto. Lo repetía constantemente,” no te corras”,”contente”. Era evidente que su apreciación de lo que ocurría no se ajustaba a la realidad.

A ratos todo era perfecto y yo una mujer maravillosa; otros ratos todo era una mierda. Daba igual lo que yo hiciera,  le parecía mal y, sin embargo, gustaba de tenerme una hora tras otra, de castigarme verbalmente.

Cumplía el tiempo estipulado. Me pidió un vaso de agua y cuando volví   le encontré completando su atuendo. Grosero y agresivo pidió la devolución de su dinero. En ese momento todo lo que él había descargado sobre mí se me subió a la cabeza, se agitó mi sangre, se ruborizó mi piel. Cierto miedo por mi integridad física quiso hacerse un hueco en mi mente. Pero pudo más la rabia que sentía por ese maltrato inmerecido y repetido. Hice una llamada, sin duda estaba  al otro lado de la línea, al otro lado de la puerta.

Se lo dije, le dije que había llamado para pedir ayuda y se rió con más ganas. Quitó importancia al incidente y se marcho, afirmando que lo hacía para que cuando regresara le tratara mejor.

A los pocos minutos volvió a llamar a la puerta. Volvió a entrar, volvió a contratar mis servicios y volvió a comportarse como un cretino bipolar. Y de nuevo, en uno de sus ataques de ira, volvió a agarrar la puerta y largarse.

No acaba aquí la cosa, al día siguiente recibí un mensaje suyo afirmando que podíamos repetir sin recordar lo que había acontecido. Se hizo tarde, muy tarde, antes tenía otros temas que atender y esperó pacientemente.

Pensé que la otra noche debía estar un poco pasado de vueltas y que aquella podía ser la oportunidad de conocerle en su estado natural y de disfrutar y desquitarnos por las horas de tortura.

Cuán equivocada estaba.

Su comportamiento fue peor, si cabe. Estoy segura de que traía una idea paranoica en la cabeza, quería algún modo de vengarse de las mujeres que mal le trataron, de las deseadas putas inalcanzables, vengarse de su madre, su esposa o de la humanidad; y repitió el mismo patrón de la anterior vez, sólo que ahora acortado, ahorrándome el trago de tener que echarle.

¿Qué cuerpo se le quedará a este hombre cuando analice su comportamiento estando sereno? Es evidente que no lo hará, las drogas sólo anestesian una conciencia ya dormida. Cuando leo las sentencias en las que el consumo de ciertas sustancias supone un atenuante me pregunto de quién es la responsabilidad de meterse algo en el cuerpo.  Entonces recuerdo la obra “La venganza de Don Mendo” y ese pasaje antológico y, simplemente, sonrío:

“… ¡Serena escúchame, Magdalena,
porque no fui yo… no fui!
Fue el maldito cariñena
que se apoderó de mí.
Entre un vaso y otro vaso
el Barón las cartas dio;…”

 

Las sombras del alma humana

Algo había visto hasta ese día en pelis pero desde luego no reflejaban la realidad.
Fantaseaba alguna vez, pensaba que podría sacarle el morbo a la situación. Así que cuando me llamaron para proponérmelo, lo medité un poco y, al final, consentí. No fui obligada, de hecho cuando me aproximé a la cita mi predisposición era estupenda, deseaba disfrutarlo. Se acercaba la hora de subir a la casa y yo me iba poniendo nerviosa, realmente no sabía qué me esperaba y, sobre todo, quién me recibiría. Su voz al teléfono era suave, incluso tartamudeaba un poco, eso me producía una cierta tranquilidad. Pero estaba muy confundida. 

Me abrió la puerta un tipo de apariencia normal, no especialmente atractivo y con unos quilitos de más. Era la vivienda familiar y se extendían por doquier las fotos de su amante esposa y sus hijos.
Los prolegómenos fueron un poco bruscos pero normalitos. Todo empezó a cambiar cuando subimos a la habitación. Los azotes fueron aumentando en frecuencia e intensidad, la piel empezaba a arderme. Le gustaba ver cómo me ahogaba con su miembro en mi boca, quería hacerme vomitar. Se complacía escupiéndome en la cara. Lo único que podía hacer era rezar para que aquello terminara cuanto antes.
Cuando le dije que no me gustaba nada me dijo con vocecilla de cordero que aquello era lo que a él le daba morbo. Disfrutaba vejando a las mujeres. Desagradable o repugnante no define lo que viví allí y no merece la pena que me extienda más en detalles.

Estuve largo rato bajo el chorro de agua tibia; todo aquello desaparecería de mi cuerpo con una ducha y saldría de allí con la cabeza bien alta. Pero ese ser abyecto, miserable y ruin viviría el resto de su vida con el alma retorcida y la conciencia sucia y eso no se limpia fácilmente.

 

Publicado 04-05-2009, texto recuperado de mi blog censurado

Cuando la carroza se transforma en calabaza

Me había contratado para pasar toda la noche. No es un servicio que haga frecuentemente, supone para mí un esfuerzo personal importante. Cuando me lo proponen, lo medito. Pasar una noche con un desconocido significa también despertarse a su lado por la mañana, momento en que abres los ojos esperando descubrir a la persona amada y recuerdas entonces que estás en otro sitio, en otros brazos. Y ésto me crea un conflicto. 

Fui con nervios, más de los habituales. Los planes eran cenar algo y dedicarnos después a nuestros cuerpos.
Abrió la puerta, todo estaba correcto. Yo estaba algo más tensa de lo habitual, deseaba sentarme en un restaurante, relajarme y volver a sentirme yo misma. No era la única que acusaba esa tensión, quizá fuera esa su actitud corriente pero me parecía algo más distante de lo que cabría esperar.
Y la cena se anuló, decidió que era mejor quedarnos en el hotel y comenzar con la segunda parte de la cita. Fue entonces cuando lo supe: aquello no funcionaba. Las posibilidades de tener un rato en un sitio neutral para distendernos se habían esfumado. Y no podía apartar de mi mente que necesitaba un cambio de actitud o algo, no sé el qué, necesitaba un punto de ruptura en aquella dinámica. En esas circunstancias el sexo tampoco podía ser muy gratificante.
Y el cambio no llegó, yo no encontré el modo de reconducirlo y él no pareció hacer ningún intento.
Puede que en su cabeza la cita estuviera milimetrada o que simplemente yo no respondiera a sus expectativas. Así que me encontré vistiéndome para irme solo una hora después de haber llegado.
Me fui a mi casa pesarosa. Yo también deseaba haber disfrutado de la cita.

Publicado el 22-04-2009, texto recuperado de mi blog censurado

Un día cualquiera

A veces me gustaría estar en la mente de los puteros y saber en qué piensan cuando descuelgan el teléfono para llamarme.
En un día cualquiera contesto un buen número de llamadas y me puede ocurrir como hace poco.
Por la mañana conciertan una cita para la noche con un horario aproximado y duración de una hora. Al rato otro posible cliente quiere también un horario similar pero tres horas. Esto supone que si quedo con ambos tendré ocupado hasta la madrugada y así organizo mi día. Y cuando ya tengo el horario cerrado llama un tercer cliente al que, a su pesar, no puedo atender.
Hasta aquí todo bien. Pero claro, la seriedad brilla por su ausencia. Salgo del trabajo, cojo el coche y me desplazo hasta el lugar de la cita y cuando estoy llegando recibo un mensaje con la anulación. Ni siquiera se molesta en llamar, total, sólo soy una puta y mi tiempo no es importante.
Hago tiempo y me dirijo al siguiente punto de encuentro. Y allí lo que me encuentro es una frase muy manida “empezamos por una hora y luego ya veremos”. Todos sabemos qué significa eso y no falla, a la hora estás de nuevo en la calle. Total, sigo siendo una puta y mi vida sigue sin importar.
Regresas a casa con un regusto agridulce, ni has trabajado unas cuantas horas como te habían dicho ni has podido organizarte para regresar a tu casa a una hora prudencial (llegues a la hora que llegues los niños siguen entrando puntualmente a las nueve de la mañana). 

La verdad, no sé de qué me extraño, ¿acaso no me ocurre lo mismo en mi consulta? cuántas veces estás esperando una cita y nadie acude o te desplazas a hacer un domicilio y resulta que el paciente ha salido y te quedas con cara de poquer.
Parece que en el sexo no nos comportamos de forma muy distinta que en el resto de nuestra vida.

 

(21-01-2009, recuperado de mi Blog censurado)

Ruth

Estaba cortadísima.
Pocas veces había entrado en un local de intercambio y no me terminaba de encontrar cómoda. Estábamos dando una vuelta para ver qué ambiente había. Hacia nosotros avanzaba una pareja. Ella se detuvo delante de mí, me miraba sonriendo entre tímida y viciosa. Yo estaba paralizada, me causaba extrañeza su actitud, también su color, nunca me había puesto a observar a una negra y menos aún a acariciarla. Era una muñeca de ebano, muy menuda y con una belleza poco frecuente.

Acercó su mano hacia mí, mediaron pocas palabras. Primero me acarició despacio las manos, subió por los brazos y me besó.
¡Uf! ¡Qué labios!¡Qué boca!
Entonces, como una pantera, me derribó sobre la cama, sin parar de besarme; se frotaba contra mí y seguía besándome. Ella empezó a quitarse ropa pero sin separar su cuerpo del mío. Para ayudarla, mi marido y su acompañante, cada uno por un lado, me desnudaron. Yo no daba crédito a lo que estaba pasando y a penas podía reaccionar.
No me dio ni un segundo de descanso, hizo con mi cuerpo lo que quiso y según iba creciendo mi grado de excitación empezaba a tomar un papel más activo. Hasta que no pude refrenar mis manos ni mi boca.

Por aquel entonces pocos encuentros había tenido yo con otras mujeres y me estaba descubriendo deseando su placer y el mío.

Acabamos sudorosas y jadeantes. Entonces pude ver el corrillo que se había formado a nuestro alrededor y la cara indescriptible de los que miraban.

Me dio su teléfono. Hablaba muy mal español, pero me pudo explicar que nunca le había atraído una mujer de aquella manera y que quería verme más veces, a mí y a mi marido.

A los pocos días la llamé para que fueramos al cine. No conseguí quedar a la primera. Ruth me puso alguna excusa poco creíble y extraña, comenzamos a sospechar que algo raro había entorno a ella.
Lo conseguimos pocas semanas después. Quedamos; una peli en versión original para que ella también pudiera entender (hablaba muy bien inglés). Se sentó en medio y cuando comenzó la película echó sus manos a derecha e izquierda y al cabo de un rato era absolutamente imposible poner la atención en algo distinto de ella. Al ayudarla a bajarse un poco los pantalones me asombré de descubrirla empapada y reclamante.
Por el bien del público asistente y porque ya no podíamos más, nos fuimos a casa y continuamos allí.

Quedamos unas cuantas veces hasta que se decidió a hablar. Cuando llegué a recogerla la llamaron al móvil, era su hermana mayor. Cambió el gesto y comenzó a llorar; yo no entendía qué estaba pasando porque hablaba en un idioma que yo no conocía.
Cuando se serenó nos dijo que su madre había muerto, pero en ese momento no supo explicarnos nada más. La llevamos a casa.
Tenía en las mejillas unas cicatrices en forma de cruz muy profundas y otras lineales por todo el cuerpo, pensábamos que serían producto de algún ritual. Pero no, se las había hecho el mismo hombre que la sacó de su casa bajo engaño, que la trajo a España a trabajar supuestamente de azafata, que la tenía secuestrada en un piso y que la maltrataba cada vez que no llevaba suficiente dinero de su trabajo en la Casa de Campo.
Se pasó varias horas hablando y llorando. Era africana y muy joven. En su país los enfrentamientos armados sembraban el terror entre la población civil. Os ahorraré detalles.

Un compatriota se ofreció a llevar a la joven a España a cambio de una fuerte suma que devolvería gracias al trabajo estupendo que le tenían buscado.
Contaba su desesperación por no saber nada del sexo el primer día que la llevaron a trabajar. Nos describió el encuentro con el cliente que la desfloró, ese chico debió de quedarse perplejo al llevar a una muñequita como aquella a casa y descubrir que era totalmente inocente.

No podíamos dejarla marchar así. Le ofrecimos lo que teníamos, nuestra casa y ayuda para escapar de las garras de su chulo y rehacer su vida. Aceptó pero a pesar de nuestras advertencias quería regresar al piso. Se había dejado el número de teléfono de la casa materna y había quedado con su hermana en que llamría por la tarde.

Mi marido tenía que ir a trabajar pero yo diponía del día libre. La llevé hasta donde me indicaba. Para complicar un poco más las cosas se había dejado las llaves y debía de esperar hasta que uno de sus compañeros de piso volviera, habló con él varias veces por teléfono e insistía en que no se moviera de la estación de renfe, que el no tardaría mucho. Hay que decir que esos días ella se sentía un poco más libre porque el chulo no estaba. Cuando apareció ese tipo les acerqué a la casa con idea de montar en el coche sus pertenencias y marcharnos. Pero volvió a bajar con él y su única obsesión era encontrar como fuera un locutorio para llamar a su país.
La vi a través de los cristales. Su suerpo se estremecía entre sollozos e iba dejándose caer al suelo mientras seguía sosteniendo el auricular. Me pilló desprevenida, esas cosas sólo ocurrian en las películas.
El que estaba al otro lado de la línea no era otro que su chulo que tenía desde hacía varios días secuestrados a sus hermanos pequeños y los estaba torturando. Le exigía una suma imposible de dinero a pagar en 24h si quería que sus hermanos no corrieran la misma suerte que su madre. Junto a ella su compañero de piso se mantenía impertérrito.

Las siguientes horas fueron de locura. Primero hablaba y hablaba con aquel tipo y el resto del tiempo no dejaba de llorar. Me dijo que tenía que ayudarla, que le tenía que dejar el dinero y me lo dijo poníendose de rodillas en la calle, suplicándome con las manos juntas y abrazándose a mis pies.Al contároslo lo estoy reviviendo y se me sigue poniendo un nudo en la gargarnta.
Esa no era la solución, bien lo sabía yo pero ella no quiso oirme.
¡Oh! qué casualidad que el tio ese conocía una persona que le podía ayudar pero que debían de ir esa misma noche.
En efecto, eran ya cerca de las cuatro de la madrugada cuando la volví a dejar en su piso con su vida vendida, entregada a esos seres despreciables. No la he vuelto a ver.

Sólo una vez me llamó el chico que la recogió de mitad de la calle, la habían pegado una paliza, estaba medio muerta y la llevaba en un taxi al hospital; ella pudo recordar mi número y habló conmigo sólo unos segundos. Después de ésa mnoche no contestó más a mis llamadas.

Se que jamás leeras ésto Ruth pero es que nunca te dije que te quiero.

(13-12-2008, Texto recuperado de mi Blog censurado)

Coje el dinero y corre!

Desde el principio fue todo un tanto peculiar. Me costó entenderle al teléfono porque no hablaba bien español. De noche, para ir a un domicilio, un desconocido. Aún no entiendo cómo me convenció pero fui. 

Un barrio normal, una urbanización normal, un piso normal. Abrió la puerta un tipo joven y fornido, no me sorprendió él, sino que no estuviera solo; en el salón otro chico, muy guapo, por cierto, me saludó sonriente, dijeron que era su primo.

Pasamos a la habitación, rebuscó en su bolsillo y sacó un arrugadísimo billete de 500 que tiró encima de la cama. Claro que había visto más billetes morados pero nadie espera que una lleve cambio. Me dijo que luego arreglaríamos cuentas y que tenía otros tres como esos. Yo estaba nerviosa pero muy excitada, no me cabía duda de que aquello no iba a ser un servicio normal.

No me puso un dedo encima, sólo pidió que me quitara la ropa. Coqueta, me fui despojando de todo, lentamente y obediente me senté en la cama. Él permanecía con su ropa interior.

Entonces salió de la habitación dejando la puerta abierta. Se oían risas en el pasillo y volví a ver al primo que me miraba descarado. Mi cliente regresó como si nada, se desnudó y me ofreció coca. Le di las gracias pero rehusé a pesar de su insistencia.

Me agarró de la nuca y tirándome del pelo, con fuerza, me empujó la cabeza hacia su entrepierna y dijo “chupa”. ¡Qué cabrón! Lo noté en cuanto me la metí en la boca, el sabor amargo era inconfundible, se me durmió la lengua, el paladar y la garganta, una sensación muy desagradable.

En ese momento llamaron al telefonillo, se puso los calzones, volvió a salir y otra vez la puerta permaneció abierta.
Un tercer hombre se asomó, los tres hablaban delante de mí (yo no entendía nada, eran rusos) y se reían. Ya no me quedaba ninguna duda de lo que iba a pasar, estaba aceleradísima, no sabía si quería salir corriendo o deseaba que entraran de una vez.

Tres hombres en la puerta me miraban deseosos con una copa en la mano, algo borrachos y puestos.

Mi cliente volvió a entrar y a desnudarse pero sin molestarse en preservar nuestra intimidad y a cada poco alguno de sus primos pasaba por delante del cuarto, le decía cosas y no perdían detalle.

Cuando llamaron al telefonillo por segunda vez yo no daba crédito…

Sonó el telefonillo e inmediatamente gritos. Yo no entendía nada. De repente se abrió la puerta y me dijeron “¡vistete, corre!”.
Apenas era capaz de abrocharme el sujetador, las medias las metí en el bolso como pude. Mi cliente estaba alteradídimo, no atinó a ponerse nada más que unos pantalones y unas chanclas. 

No le importó que estuviera a medio vestir, me agarró del brazo para que saliera del cuarto. Yo daba saltitos intentando ponerme mis tacones y así me arrastró hasta el rellano del quinto piso. Le pregunté, aún temblorosa, que es lo que pasaba pero él me respondía en su lengua mientras corría hacia una puerta lateral.

Se salía al exterior, era la escalera de incendios. No consintió en contestar hasta que no estuvimos dos pisos más abajo. Sólo entonces, mientras yo terminaba de abotonarme la blusa, dijo que su mujer no tenía que haber llegado hasta más tarde, que estaba trabajando.
Ya sin tanta premura terminamos de bajar.

Algo así sólo ocurre en las películas.

Publicado el 12 de Octubre de 2008, texto recuperado de mi blog censurado

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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