Así da gusto ser puta

Alberto Alcocer 43, Clara del Rey 39, Princesa 3 dupl… El Pardo bajo las estrellas (II)

Lo había oído mencionar como una extravagancia que se daba en París, no le di ninguna importancia. Hasta que un amigo nos lo mencionó como algo real y accesible. Yo no había vuelto a pensar en ello pero ahora, la idea de que un desconocido tuviera acceso a mi cuerpo de forma anónima y en un lugar público, me estremecía. Busqué en internet dogging y cancaneo y enseguida di con sitios donde se podía hacer. Encontré mucha información sobre cómo comportarse, las señales que se hacen pero tampoco le presté mucha atención, simplemente, una noche, dimos una vuelta por El Pardo.
En el aparcamiento había algún coche más y nada de movimiento. A primera visa no había nada que hacer ahí, dudaba incluso de si habría llegado bien. Encendimos la luz de la cabina.  Poco a poco empezó a elevarse la temperatura, la ropa sobraba, el recinto se hacía pequeño.
Antes de abrir la puerta apagué la luz y entonces les pude ver. Alrededor del coche varios observadores habían surgido de la nada. Un estremecimiento me inmovilizó unos segundos  y salí del coche con los zapatos puestos. Se fueron acercando, al principio tímidamente hasta que  sus manos comenzaron a recorrerme. Eran cuatro los primeros que me rodearon y alguno más se mantenía a distancia, con la vista puesta en nosotros y una mano muy ocupada.
Me puse en cuclillas,  quería probar con mis labios cada uno de los miembros que me estaban ofreciendo.  Uno en cada mano, saboreando otro hasta que unas manos me agarraron la cadera, tiraron de mí hasta colocarme a su antojo y sentí la presión que ejercía abriéndose paso entre mis muslos hasta conseguir penetrarme. Primero uno, después el siguiente, se iban dando relevos con urgencia animal y yo pasaba dócilmente de unas manos a otras. Un mozo atlético me cogió de frente, levantándome en vilo,  golpeando rítmicamente su cadera contra la mía.  Como una perrita tiraban de mí y me colocaban a su antojo para poder meterla por donde más les placía y darme gusto.
Entre todos me tenían empapada de mis fluidos y de los suyos. Según iban terminando alguno desaparecía igual que había llegado; otros permanecían pues querían conseguir de mí una dirección, un teléfono, una cita o simplemente hablar un poco. Y así volví a meterme en el coche y nos marchamos para terminar solos la noche.
La experiencia había sido fantástica.
Resulta que al día siguiente había comentarios acerca de  lo ocurrido, en un foro de dogging. Hablaban de una chica joven, morena que había salido del coche totalmente desnuda y había dado cuenta de cuantos hombres se hubieron acercado. Era yo. Me dio morbo leer la cantidad de cosas estupendas que decían y me registré para saludarles.
Después de un tiempo quise repetir y se me ocurrió convocar un Martes por la mañana.  Contra todo pronóstico veinte hombres acudieron a la cita dispuestos a satisfacerme a plena luz del día. Eran tantos que formaron un círculo a mi alrededor ; nadie podría haber dicho que yo estaba en el centro, desnuda y arrebatada de placer sin dejar un segundo de ser poseída por todos ellos.
Cuando se lo comenté a mi amiga Irene, no quiso perdérselo y se animó a venir un día. No daba crédito, acariciaba su cuerpo cubierto de semen y volvía a buscar un orgasmo con el siguiente hombre.
Sólo le encontraba a este sistema dos fallos: el frío invernal y la dificultad de cambiar de postura, con lo que me gusta a mí subirme encima de un hombre!  Así que les convoqué en diversos sitios, clubs de intercambio, apartamentos por horas y siempre fue todo sobre ruedas, tanto que me banearon del mismo foro de dogging desde donde había convocado tantas veces a desconocidos folladores. Aún de vez en cuando, vuelvo a leer comentarios de lo ocurrido conmigo la noche anterior y me sigue excitando no saber qué me voy a encontrar en un paseo nocturno por los parques de Madrid.

Lucía y el sexo (II)

Sentada en el borde de la cama, las manos juntas sobre las rodillas, las palmas sudorosas las frotaba una con la otra en un movimiento monótono y sedante. Me coloqué junto a ella, aparté su melena y fui esparciendo pequeños besos por su rostro, hasta llegar a su boca, entreabierta, trémula. Totalmente quieta, contenía la respiración y se dejó besar primero y se dejó llevar después, respondiendo a mis besos.

 Mis susurros la iban dirigiendo, dame tu lengua, soy tu novia, quiero tu boca. Dócil, sus labios comenzaron a acompañar a los míos, siguiendo un ritmo pausado e intenso. Su cuello era irresistible, se estremeció. Los tirantes cayeron, descubriendo sus pechos, pequeños, turgentes. La areola levemente pigmentada fue un reclamo poderoso y a la par que mis labios se posaron en una, otros lo hacían en la otra. No lo esperaba y una mezcla de gemido y chillido acompañó el sobresalto. Pero entonces  colocó sus manos en nuestras cabezas y la respiración se hizo claramente audible.

Empezaba a estorbar la ropa,  diminuta falda,  camiseta, todo fue al suelo salvo unas braguitas de algodón y coloqué una almohada mullida para recostar su cabeza. Pies pequeños, manos pequeñas, las uñas comidas y los ojos cerrados.

Seguí  esparciendo mis besos por su anatomía,  recorriéndola despacio, avisando con las manos, hasta que encontré la única prenda que cubría su cuerpo. No quise retirarla de repente. Primero me deleité con el olor que emanaba, delicado a la par que intensamente sexual. Aparté el tiro y un hilito transparente quedó unido a él. Estaba jugosa, brillante y mi boca quiso catar esas mieles y mis dedos empaparse de su esencia.  Seguí jugando, sin ninguna pretensión. Sus caderas se tensaban, me acompañaban y súbitamente  la excitación creciente se hizo patente en sus bragas y una gran mancha de humedad apareció entre sus piernas.

Había llegado el momento, la desnudé por completo y dejé sus piernas separadas. Estaba recién rasurada, nada impedía una perfecta visión de sus diminutos labios mayores.  Coloqué primorosamente los menores y entonces apareció el verdadero protagonista de esta historia. Aquel repliegue membranoso conservaba su integridad, impedía el acceso a la intimidad de la muchacha, dejando un orificio central muy reducido.

Ahora su cuerpo estaba todo tenso, a pesar de las caricias de mi marido, de la excitación previa, todo su cuerpo era una fibra.

Me tomé el tiempo necesario para que el escenario fuera perfecto.

Volví a su cabecera, debía preguntar si estaba preparada, si seguía deseando que continuara y movió la cabeza afirmativamente.

Con la palma de la otra mano acariciaba suavemente su clítoris. Mojé mis dedos y los llevé hasta el borde y fui presionando suavemente. Apenas cedía, intensifiqué la presión,  con el índice tironeaba un poco más. Todos manteníamos la respiración. No sé en qué momento habían aparecido pero varias manos se posaban en sus muslos, preparadas para mantener la posición firme.

 Y súbitamente el himen se desgarró y un color bermejo escurrió entre mis dedos tintando de sangre la cama.

Un quejido se le había escapado, ahora se mordía los labios y un escozor abrasaba su sexo. Le di unos besitos, la tranquilicé, cómo transcurriría lo siguiente dependería de que consiguiera mantener la calma. Ya no había marcha atrás.

Ahora quien estaba entre sus piernas era mi marido. Me ocupé de prepararle bien con mi boca y dirigí su miembro hasta embocarlo.

Le di la mano a la bella y seguí susurrando en su oído. Ahora sería mi hombre quien la poseyera. Despacio, muy despacio, a duras penas podía abrirse paso. Retrocedía un poco y volvía a empujar con los riñones. Al principio ella sólo se quejaba, sólo sentía una sensación urente que borraba cualquier rastro de placer. Pero poco a poco el placer se fue apoderando de bajo vientre y sus caderas empezaron a acompañar los movimientos del macho que la cubría. Me daba la mano y el gimoteo inicial se fue transformando en respiración entrecortada. Tensaba las piernas, sus pies se arqueaban. Un estremecimiento la recorrió mientras los dos gemían de placer al alcanzar el orgasmo.

Nos dejaron solas. Unos minutos abrazadas para recuperarse de la impresión y se le pasó el susto.  Había sido muy distinto de lo que ella imaginaba pero, desde luego, mucho más intenso.

Ahora quería un helado y que nos fuéramos a ver tiendas. O mejor no, nada de caminar, mejor una película y un montón de palomitas. Haríamos un buen trío y por un rato otras imágenes ocuparían nuestras mentes.

Lucía y el sexo (I)

Irene y Lucía se conocían desde hacía unos meses. Era verano, calor sofocante de Madrid y ellas tomaban algo con otros compañeros en una terraza. Hasta ahí todo era normal. Lo que ponía la nota de color era lo  heterogéneo de ese grupo y muy especialmente la de ellas dos, mujer madura la primera y lozana adolescente la segunda.

A esas alturas, la conversación se había puesto muy interesante porque si a nadie extraña que varios hombres comenten los escotes y las piernas de las viandantes, llama la atención que partan de voces femeninas. Ante la mirada atenta de Irene, la otra se ruborizaba confesando que siempre acompañaba con la vista un cuerpo bonito. Entre risas, les decía no haber catado nunca las mieles femeninas, bueno, sólo una vez con una amiga, en una discoteca light, se habían dado un beso, sólo eso. Pero no era por virtud, siempre le habían llamado la atención y ese primer contacto le había gustado. Ella había estado con algún chico, había salido con algún amigo pero el pos que quedaba de los toqueteos era que siempre iban en provecho de ellos, que se aprovechaban de ella.

A esas alturas de confidencias Irene rebullía en su silla. No quería, nunca hablaba de ello pero no pudo evitarlo. Ella también espiaba a las mujeres que se mostraban por la calle, iba diciendo, como los niños, ésta me la pido, sile, sile, nole,…  “Resulta que tengo una amiga a la que te encantará conocer, tienes que conocerla.  Es puta y le chiflan las chicas.” Había soltado la bomba pero había omitido cuidadosamente decir que ella también era puta y que a ella también le chiflaban las mujeres.

La excitación las tenía alteradísimas y no querían dejar correr el tema. Entonces empezó la lluvia de preguntas sobre el sexo y el pago, el disfrute y las féminas. Irene contestaba hasta que la invitó a conocerme. Ningún “no” salió de su boca. Y, entre risas, disolvieron la reunión.

Unas  horas más tarde yo ha tenía descripción meticulosa de todo lo que había ocurrido, acompañado de algo asombroso, el teléfono de Lucía. Al día siguiente la llamé, pudimos hablar tranquilamente 20 minutos. Simplemente quería conocerla, Irene me había contado tantas cosas que no podía con mi curiosidad.

Me costó dos llamadas más y otra conversación con Irene, pero el Lunes siguiente estaba recogiéndola en la estación de Atocha.

Lo que más me llamó la atención de ella no era su falta de experiencia sino su malicia: Decía que haber llegado virgen a su edad debía reportarle  beneficios económicos. Y estaba segura de que yo podría ayudarla.

Era la oportunidad con la que venía soñando desde hace años, una nena a mi disposición y con ganas de dejarse enseñar.

Descolgué el teléfono, sabía quién apreciaría aquella perita en dulce. En un rato tenía programados los siguientes pasos y una propuesta económica que no podría rechazar. Y así fue.

Sentada en el borde de la cama le coloqué un antifaz. Se agarraba las manos, temblaba como una hoja, hasta su voz denotaba sus nervios. A no ser que ella cambiara de opinión, sólo me pondría rostro a mí y no sabría cuántas personas la contemplarían en la habitación, ni siquiera si se estaría grabando su primera experiencia sexual.

Una clase de anatomía práctica

En mi cabeza rondan imágenes ficticias de cómo sería un burdel en los años veinte. Me lo imagino con aderezos de plumas y sedas, con cortinajes tupidos, con una domina buena conocedora de sus niñas y siempre atenta al mínimo deseo de su público. Tiempo de relax, buenos Montecristo o Cohiba, copa y manos de naipes. Sentadas en derredor las bellas señoritas capaces de amenizar su tiempo.

Por aquel entonces se estilaba un uso que ahora está prácticamente perdido. Costumbre era el llevar a los jovencitos para que se desfogasen y aprendieran las artes amatorias. De esta manera  ellos podían dejar de pensar en sexo todo el día y centrar un poco sus vidas; también podían cogerle castamente la mano a su novia sin necesidad de tirarse a su yugular, movidos, claro está, por las hormonas incontroladas. Los conductores solían ser miembros de la propia familia o, en su defecto, amigos algo mayores.

Pues bien, cuando recibí la confirmación de la hora tuve que pellizcarme. Realmente iba a ocurrir. Muchas veces, a clientes ya conocidos, les he comentado el morbo que me daría que me trajeran un hermano, un primo, un hijo. Que me lo trajeran ellos de la mano y que lo encomendaran a mi buen hacer. Que fuera joven e inexperto, que no entendiera de mujeres.

Nos saludamos con dos besos, primero el organizador, después el otro.  Casi de la misma estatura que su hermano, pecoso, ojos graciosos, carente de barba, músculos alongados. Una monada de mocito. Nos dejó solos.

Tomé su mano para conducirle al dormitorio, mejor sin preámbulos, sin anestesia.

Los ojos muy abiertos para mirarme y totalmente quieto en mitad del cuarto, algo sabía de lo que iba a ocurrir pero no esperaba que realmente ocurriera.

Yo iba a ser su regalo de cumpleaños y seguro que no se lo contaría a sus amigos.

Me acerqué un poco más,  aferré su cintura y lo atraje hacia mí. Respiraba intensamente, casi jadeando  y sin embargo no hubo ni un solo gesto de dubitativo, sus labios se posaron sobre los míos. No había duda, aquello lo había practicado más de una vez. Los apretaba contra los míos lo justo para disfrutar de la caricia y de vez en cuando su lengua buscaba la mía. Yo no le hubiera enseñado mejor.

Mis manos mientras tanto comenzaron a recorrerle, cerciorándose de  la tersura de sus miembros y comenzando a desnudarle. Un cuerpo gracioso, proporcionado y con algunos signos inconfundibles  que denotaban su juventud.  Ahora le tocaba el turno al mío y sus ojos fueron un poema, no sabía a dónde mirar, cohibido con el primer cuerpo femenino que tenía a su alcance. Se lo puse fácil, le tumbé en la cama y seguí llevando la iniciativa. Recorrí su cuerpo primero con mis manos, luego con sus labios y me detuve en su miembro, erecto, turgente. Quería besarlo despacio, ir avanzando con mi boca, chuparlo, lamerlo pero tampoco quería llevarle hasta el punto donde no se pudiera contener. Así que me contuve un poco, lo dejé para más tarde y me monté sobre él.

Se lo pregunté y sí claro que quería probar lo calentito que estaba mi sexo. Fui dejando que resbalara poco a poco, moviéndome primero oscilante, luego más rotunda hasta que estuvo por completo dentro de mí.  Y no sé qué me gustaba más si su cara de felicidad perpleja, la tensión de su miembro o la imposibilidad de que acompasáramos una secuencia rítmica.

A mi gusto, fui cogiendo un ritmillo, subiendo y bajando, frotando mis pechos contra su torso, besando su boca de pasada. Estaba congestionado, chapetas asomaban a sus mejillas y se extendía el rubor por el cuello. De vez en cuando contraía el gesto, sus ojos volaban, se mordía el labio inferior.

Un placer indescriptible nos fue conduciendo al orgasmo.  Acostumbrado al placer solitario no hubo vocalizaciones, apenas una crispación de su rostro y después una relajación inconfundible. Se había desparramado dentro de mí, su simiente calentita afloraba ahora mojándome los muslos. No pude evitarlo, tenía que conocer también su sabor y volví a chuparle, unas pocas lengüetadas más para impregnarme bien de él. Permanecimos abrazados hasta recuperar el aliento.

Sólo tuvimos unos minutos de conversación, las chicas, el sexo, los amigos. Cuando quise darme cuenta él ya estaba buscando de nuevo mi contacto. Esta vez nos daría más tiempo, quería enseñarle lo que las chicas guardamos entre las piernas, para que lo viera con detenimiento y para que aprendiera a dar placer con su boca y con sus dedos; una clase de anatomía práctica que yo no pensaba desaprovechar.

Volví a jugar con mi boca y esta vez sí que me regodeé en la visión de su falo y en las reacciones a mis caricias. Quería más, quería repetir, quería volver a colarse dentro de mí. Así que le di gusto mas esta vez le hice trabajar.

Colocado encima de mí, con los brazos sujetando el peso de su cuerpo para no aplastarme, descubrió que el sexo también requiere un entrenamiento físico, estar algo cachas podía ser garantía de un mejor rendimiento. Probó a colocarse de rodillas detrás de mí y aferrarme con firmeza desde esa posición, contemplando mis nalgas, moviéndose con libertad.  De reojo miraba al espejo, espiaba sus movimientos, me recolocaba para fijarse mejor. De medio lado, de frente, de espaldas, una verbena de sensaciones en continuo descubrimiento. Y la que más le gustó fue quizá la más intensa, la primera forma de cubrir a una mujer que había probado.

No le puse tope, tuvo sexo a demanda hasta que cayó rendido junto a mí. Sudorosos y abrazados hablamos sobre lo que nos acababa de ocurrir, sobre el placer, el sexo y el amor. En este momento de su vida, todo ésto no era adecuado para poner en práctica con las muchachitas de su clase, quizá con el tiempo. Así que, si algún día sentía la necesidad incontrolable de reproducir lo que había aprendido, no tenía más que llamarme, estaría siempre disponible para él. Quién sabe, puede que algún día me sorprenda y me reclame o puede que simplemente viva en sus sueños el resto de sus días.

El cuarto oscuro

La idea es simple, un habitáculo en el que la luz es prácticamente inexistente.

Los hay que tienen sillas, asientos o camas, los hay con música sugerente, con agujeros en las paredes pero lo esencial permanece: El anonimato.

Recuerdo la primera vez que entré en uno, dos parejas más bailaban abrazadas. Yo no estaba muy pendiente, no sé en qué momento se produjo el cambio pero cuando volví a mirar la chica de mi derecha estaba de rodillas y se aplicaba en la degustación del miembro que sostenía entre sus manos. Claro que no pude desviar la mirada y por supuesto que no supe dónde meterme cuando la actitud de ella no dejaba lugar a dudas, me ofrecía compartir su juguete.  Aquella imagen fue suficiente para estimular mi fantasía, una mujer en actitud oferente hacia otra desconocida. Desde entonces no he dejado de visitar todos los cuartos oscuros que me he encontrado.

Lo que ocurre dentro de ellos es fascinante ya que en muchas mujeres obra una metamorfosis, algo comparable a la desinhibición que sufrimos cuando llevamos un par de copas de más. Son conducidas dentro, sin saber a ciencia cierta qué va a ocurrir. Vestidas comienzan el baile y van cimbreándose hasta que una mano curiosa toma contacto con su cuerpo. Con eso de que no hay luz, no es necesario saber a quién pertenece la mano que nos toca, podemos dejarla actuar, como si nada estuviera pasando, sólo concentrados en el placer. Es algo así como cerrar los ojos, abandonarse en un sueño, en un festín para los sentidos.

Primero es una mano, luego dos, después una boca o varias, al cabo de un rato un totum revolutum impide que le pongas cara a tu fugaz amante. Desde detrás tu cuerpo se ve atraído hacia otro que te sostiene y cuela sus dedos entre las rendijas de tu ropa. Misteriosamente las prendas más íntimas comienzan a empaparse de fluidos propios y quizá incluso de ajenos pues las braguitas son simplemente apartadas y dan paso a unos labios, unos dedos. Quizá la potencia masculina te sorprenda empujando tu cuerpo hacia delante y llenándote, poseyéndote. Entonces buscas apoyo para no caer, tus manos se aferran a un brazo que aparece, alguien te susurra lo zorra que estás siendo. El placer te embriaga, la lujuria te arrebata y medio desmayada descubres que ahora es otro el que ha ocupado el puesto del primero; o que tiene bonitas piernas y largo cabello la que está jugando con tu sexo.

Es posible que fuera de este recinto tu ropa hubiera permanecido en su sitio, ese hombre jamás hubiera puesto un dedo en tu escote o nunca la hubieras besado. Pero aquí es distinto, todo es posible.

La oscuridad también encubre pequeños pecados. Muchos son los que, sabiéndose protegidos, dan un paso más del que aceptó su mujer o bien ocultan a sus maridos la profundidad de los manoseos. Hay quien procura que ella esté entretenida para separarse de su lado y por ende de su vista y así tener acceso a otras mujeres con las que incumplir todos los acuerdos firmados para la ocasión, actuar sin recato con la fémina que más cercana se encuentre, conseguir abrir las piernas de una muchacha sin levantar sospechas. Un mundo de picarescas, como la vida misma.

Tengo gravadas muchas secuencias vividas en un cuarto oscuro. Recuerdo aquella mujer alta y bien hecha, guapa y rubia. Jugó con los dos, nos besaba, acariciaba, las manos tenían vida propia. Hacía poco que habíamos comenzado a frecuentar estos locales y mi experiencia con mujeres era muy escasa. La mayoría de ellas no gustan de ser activas, dejan que les ocurran los tocamientos, se dejan llevar y hacer pero son contadas las que desean algo y lo buscan con pasión. Así que había tenido algún encuentro con mujeres pero siempre limitado por su pasividad.

Aquello podía ser más de lo mismo.  Entonces me arrinconó a base de besos, de movimientos casi imperceptibles que me encaminaban hacia donde ella quería. Hizo que me sentara en el esquinazo, a la altura que le caía bien, me terminó de desnudar, abrió mis piernas y se dedicó parsimoniosamente a comerme. Para mí era la primera vez que una desconocida accedía de esa manera a mi intimidad, estaba totalmente entregada  a su buen hacer. Primero empleó besitos suaves, después comenzó a explorar con la lengua. Los besos se fueron haciendo más profundos, estaba toda yo trémula, la respiración agitada, mis manos se crispaban en su cabellera y mi cadera se movía sola al ritmo que imponía su boca. Era tal la intensidad que por momentos me sentía impulsada a salir corriendo, pero entonces otra sacudida me recorría y levantaba aún más las caderas.

De manera casi imperceptible uno de sus dedos fue avanzando. Se dedicó primero a meras presiones rítmicas, a veces con toda la mano. Movimientos circulares iban permitiéndole iniciar la entrada, pero enseguida cambió, la yema se deslizaba de dentro hacia afuera, con un diminuto trayecto, una leve presión que poco a poco fue haciéndose más intensa y profunda. A esas alturas, empapada por la excitación, metió sus dedos en mi boca y probé mi sabor intenso a hembra.

Continuó jugando, esta vez con más energía y velocidad, primero con un dedo y cuando lo vio adecuado con dos. Espiaba cada una de mis reacciones para acompasar con mi deseo sus movimientos. Toda la palma desplegada sobre mi monte, me manejaba a su antojo. Se tumbó sobre mí, dejando hacer su trabajo a la mano derecha, el resto de su cuerpo tomó posesión, restregándose, manoseándome sin apartar sus morritos de mi piel.

Y así, sin poder evitarlo, un estallido de placer me recorrió enterita y pedí una tregua para recomponerme. Liberada de mi quietud me tomé la revancha y ahora sería ella la que se retorcería, tumbada por completo. Pero yo jugaba con ventaja, éramos dos para satisfacerla y nuestras bocas harían un buen equipo.

No nos hizo falta trabajar mucho. El tiempo que llevábamos hacía indescriptible el estado de su entrepierna y ya no quería más dedos, lo que buscaba era un miembro que la penetrase, que culminase aquellas horas de pasión. La besé sin pausa, coloqué su cuerpo para permitir el acceso a ella de mi hombre, le separé los muslos y se la emboqué. Un leve movimiento hizo que resbalara, que se colara en el interior de su cálido cuerpo, que se estremeciera.

Y yo la seguía pues alguien había encontrado mi cuerpo desnudo y súbitamente, por la retaguardia, me había tomado sin preguntar.

Cuatro movimientos de cadera fueron suficientes, cuatro movimientos que consiguieron arrancar de su pecho gemidos y luego gritos, los ojos en blanco, el cuerpo inmóvil ya sin tensión.

Un día nos la cruzamos en un portal, con dos preciosas nenitas se dirigía a la calle y nos sostuvo la puerta. Seguramente no nos reconoció, había demasiada luz.

El pizzero

Después de unas horas de intenso sexo, el cuerpo requiere un descanso  y permitirle reponerse de los excesos. Así que, terminada nuestra Fiesta Gang Bang – Bukkake, nos dispusimos a charlar amigablemente delante de unas cervecitas.

Pidieron unas pizzas, tres familiares.  Tardaban. En ese tiempo recordé aquella vez en que le había propuesto a un repartidor de comida china que pasara un poco más adentro en mi casa. Aquella vez, los ojos desorbitados lo decían todo y el mozo se escudó en un “no entiendo”, para rechazar el ofrecimiento. En esas estaba yo cuando llamaron al telefonillo.

Le pedí al dueño de la casa si podía abrir yo y ante la respuesta afirmativa me quité el vestido que llevaba, até el pañuelo transparente a la cintura y metí el billete de 50 en el canalillo. Me resguardé detrás de la puerta y la fui abriendo dejando a penas entrever mi silueta, para que el repartidor franqueara la puerta. Así lo hizo y yo cerré detrás de él.

Era un tipo de unos treinta y tantos,  originario de allende los mares, moreno, metro setenta y un poco entrado en carnes. No podía articular palabra de la impresión. Apareció entonces mi rubia favorita para retirarle las cajas de las manos y darme un buen beso en los labios, por si al tipo le quedaba alguna duda de que lo que estaba pasando era realmente extraño.

Le invité a pasar pero se resistía, tenía que seguir trabajando. Sí, sí, claro, le decía yo, ­­mientras aferraba su mano. Protestaba un poco pero apenas se le entendía y mientras tanto yo le conducía de la mano hasta uno de los cuartos.

Una vez en la habitación, le pedí que tomara el dinero, no se le fuera  a olvidar. Ni pudo contar las vueltas, debió de hacerlo casi por intuición porque los ojos los tenía puestos en mi escote y las manos le temblaban.

No le hice sufrir más, me arrimé y de puntillas comencé a besarle. Insólito me pareció que no intentara derribarme sin más en la cama, sino que atropelladamente se quitó la ropa y entonces sí que cayó sobre mí. Con desesperación abrazaba mi cuerpo, con deseo incontenible me recorría con sus labios. Me sentía como esas sacerdotisas que esperaban en los templos a que los viajeros quisieran solazarse, entregándose a aquellos que de otra manera no podrían acceder a los encantos de una meretriz. Si en un primer momento  pareciera que mi cuerpo sólo se dejaba arrastrar por la inercia, a los pocos minutos la intensidad de la situación hacía que me retorciera de gusto.

Apenas si hablamos, ni siquiera mientras nos poníamos la ropa, una vez concluida la faena.

Breve y regresamos al mundo real. Pero antes de dejarle partir, pedía a todos un aplauso para el caballero, por valiente. Y aún llegué a tiempo de comer mis merecidos pedacitos de pizza.

Servicio express en el aeropuerto

Rara vez hago caso a mensajes como aquel: “Quiero que me ofrezcas algo morboso, divertido. Tengo poco tiempo, estaré en el aeropuerto, lo dejo en tus manos.” El firmante era un cliente bien conocido.

Un par de años atrás recibí la visita de un italiano. Rubio, alto, moreno cobrizo, de ojos azules y cuerpo escultural, vamos, recién salido de un sueño.

Resulta que estaba tranquilamente en su oficina, buscaba un tipo de té, escribió mariage en internet y allí salí yo. No pudo resistir la curiosidad, me llamó y al poco estaba delante de mí.

Con la respiración alterada me atrajo hacia sí y comenzó a besarme como si fuera la última mujer de la Tierra. Como una pareja de enamorados en un tórrido encuentro, fuimos arrojando al suelo las ropas mientras no permitíamos que nuestros labios se separaran.

Intenso, salvaje, inolvidable. No podía retirar mis manos de su cuerpo, era un placer tocarle, palpar sus músculos, seguirlos con los dedos. Me excitaba su perfección, pero no sólo eso.

Quizá lo que más me excitaba era su forma de mirarme, el deseo insaciable que destilaban sus poros, las pupilas dilatadas, los ollares distendidos cual semental presto a la monta.

Todo perfecto. Me acompasé a su ritmo, a su placer y dejé a mi lengua que vagara libremente por su cuerpo hasta llegar a su miembro turgente. Sólo unas pocas lengüetadas, no quería que se me terminara el juguete demasiado rápido.

Ansiosa, ni un minuto más de demora podría aguantar, me subí encima de él, la emboqué y lentamente me fui acomodando hasta sentirla por completo dentro de mi cuerpo.

Con movimientos cadenciosos, con el toque de firmeza justo, fui precipitando nuestro orgasmo, dejando que se aproximara lentamente. Y con los ojos cerrados, los labios húmedos y pegados a los suyos, fui transportada a otro mudo, a otra dimensión.

Difícil de olvidar y rememorado por mí en el resto de ocasiones en que nos habíamos visto.

Fui con el coche al aeropuerto. Las opciones eran varias pero lo que más le sedujo fue que le llevara a un parque cercano y luego ya veríamos.

Cuando le tuve en el coche supe que no quería esperar ni un segundo más. Arranqué y saliendo de la T4 tomé el primer desvío hacia zona civilizada. Oficinas serían pero su parking presentaba grandes claros. Simplemente paré el coche en alguna plaza y le pedí que se bajara del coche y se montar detrás.

No se lo esperaba, la imagen que tenía era la de un parquecito con sus árboles y aquello difería bastante. Pero tenía una gran ventaja, no se veía ni un alma alrededor y mis cristales estaban tintados.

Nos lo quitamos todo y procedimos como adolescentes en celo. El espacio era limitado, posibilidades de cambios de postura no teníamos, pero no lo echamos en falta.

La respiración agitada era la misma que recordaba, el temblor de su boca, el estremecimiento ante mis caricias. Ansiosa al ver desnuda su virilidad, acerqué los labios, saqué la lengua, besé, succioné, masturbé con mi boca.

Una sutil mano en mi entrepierna y una invitación a que satisficiera sus ansias de calor. En un instante me vi sentada sobre él, moviéndome para darme placer, acariciaba sus pezones, le besaba.

Procuraba centrarme en cada movimiento, sentirle en profundidad, notar cómo iba entrando despacio, resbalando por las paredes, haciendo que me empapara aún más.

Movimientos circulares, respingos de placer, agitación en fin que nos llevó más rápido de lo que pensábamos, a derramar su simiente, a llenar mi cuerpo del líquido nutricio, tibio, húmedo.

Y aún un minuto más para recoger las pequeñas contracciones que, como réplicas de un seísmo, aún me recorrían. Terminamos de vestirnos fuera del coche. El camino de regreso al aeropuerto fue bastante más relajado e incluso más corto. Se bajó con una sonrisa perfecta.

Y yo pensaba que con amigas así, uno puede recorrer todo el mundo.

El trabajo no se toma a broma

Llegaron a mí por recomendación.

Cuando me propusieron la historia tuve todas las dudas del mundo. Son decenas las llamadas que recibo con ideas morbosas que jamás se pondrán en práctica y aquella parecía una más. Así que, hasta el último momento no terminé de confiar.

La idea era muy buena, yo le haría a su amigo una entrevista de trabajo “con final feliz”.

Aquello prometía ser interesante.

Me paso el día fantaseando, imaginando mil y una situaciones morbosas y ésta ha sido durante años mi favorita. He imaginado entrevistas de todo tipo, estando yo detrás o delante de la mesa, con una o varias personas, cualquier combinación me ha parecido estupenda para solazarme. Y, por fin, se iba a dar esa situación. Perfecto

Por la mañana un desconocido le llamó, citándole para su entrevista. Se le dio suficiente información como para que resultara creíble y se le facilitó hora y dirección.

Mientras tanto, el cerebro de la operación me daba a mí el curriculo del caballero, el guión usado por el gancho telefónico y pegatinas para buzón, telefonillo y puerta con un nombre de una empresa del sector.

Todo estaba listo, faltaban treinta minutos. Me quité la chaqueta, casi era preferible que desde el principio apreciara el contraste de mi ropa interior con la camisa transparente negra. Una de las medias quedaba justo por el borde de la falda, algún movimiento me permitiría mostrársela. Unos papeles, mi ordenador, la agenda y llaman al timbre.

Un chico alto, treintañero, bien parecido. le acompaño y nos acomodamos en un sofá. Los primeros minutos son míos, le cuento cómo se va a desarrollar el proyecto y las perspectivas a medio plazo. Por el momento, todo sobre ruedas.

Ahora le toca a él. La pregunta sobre sus expectativas le pilla un poco por sorpresa. Estaba un poco nervioso y me complací subiendo el grado de tensión un punto más: puse mi pierna derecha sobre la otra, girando levemente el cuerpo. Era un movimiento totalmente estudiado para descubrir un poco más mis muslos y dejar ver la negra liga que ceñía mi pierna. El efecto fue inmediato, de repente retiró la vista y no supo dónde mirar.

Fue entonces cuando di el siguiente paso preguntándole por sl interés real por ese puesto. Desde luego que era un candidato muy válido y estaba convencida de que desarrollaría su trabajo a la perfección pero no era el único de ese perfil y debía haber algo que me hiciera decantarme por él. Entonces le dije que se vendiera: Qué me podía ofrecer, qué estaba dispuesto a hacer.
Era el momento crucial, había tirado el anzuelo, mi presa se debatía pero no terminaba de abandonarse. Entonces comentó si no sería una broma de sus amigos. Me puse en pie, muy seria preguntándole si acaso aquello le parecía una broma, era mi órdago final. Le agarré una mano y la puse en mi cadera, sin parar de argumentar.

Todos mis esfuerzos se vieron súbitamente recompensados y nos besamos apasionadamente, con furia desatada y, sin tiempo para más, tiramos allí mismo la ropa y caímos en el sofá abrazados. Me parecieron segundos, a lo mejor fueron minutos, el caso es que la intensidad de la situación pudo conmigo en un instante y poco después le tocó a él.

Puede que ésto se encuadre dentro de la sección de acoso laboral. ¡Uf! ¡Vaya experiencia!

 

Publicado el 23 de septiembre de 2009.Texto recuperado de mi blog censurado

Michelle, una mulatita pelirroja

Cuando nos conocimos ella pensó que se encontraba ante una mojigata, por aquello de que yo portaba falda hasta los pies, sin escotes, poco llamativa. Venía de la mano de un amigo suyo, conocedor de mundo, con el que le gustaba verse a escondidas.

Mulata o más bien mulatita, su piel destacaba al lado de la mía. ¡Pelirroja! parecía imposible que encima de esa piel tan oscura se formaran caracolillos de fuego. Desde que descubrí aquel milagro de la naturaleza le pedí que me diera el gusto de dejarse un triangulito hirsuto en el pubis.

La piel tenía un tacto especial, a veces me parecía que había salido de las profundidades del mar. Y ese olor intenso que emanaba su sexo según se excitaba, inconfundiblemente deseable.

Pero lo más sorprendente era la firmeza de sus carnes. No llegaba a la veintena y lo tenía todo en su sitio. A mi me fascinaban esos pechos que desafiaban a la gravedad y que al tocarlos daban la sensación de estar recauchutados. Era un deleite agarrarlos con la mano y presionar levemente con todos los dedos para después llevárselos a la boca. Y los pezones se le ponían duros, reaccionaban a cualquier roce e invitaban a comérselos.

No era puta, tenía vicio.

Le pasaban cosas propias de una peli porno y nos las contaba en la intimidad. Recuerdo muchas, pero la mejor de todas fue aquella en la que su concuñado, de noche, se puso a beber con ella y su novio y les rellenaba el vaso cada poco, así hasta emborracharles. Acostados ya, Mychelle se despertó al notar a alguien en su habitación pero no se novio por no molestar a su compañero de cama. Unas manos le fueron retirando las sábanas hasta dejar su cuerpo desnudo al descubierto y, sin más, se acomodó de costado detrás de ella. Se hacía la dormida pero no pudo evitar empujar su culito para atrás buscando el miembro del intruso. A la mañana siguiente, con todo lo ocurrido muy presente, despertó al durmiente con apasionados besos.

No le hizo falta preguntarnos, entendió desde el principio cómo a mi marido y a mí nos gustaba el sexo . Venía a casa, y morbeábamos acerca de ponerle un delantal y tenerla en casa como sirvienta y que nos complaciera siempre que lo deseáramos y la pudiéramos ofrecer a nuestros amigos. Tanto nos gustaba ese juego que se compró para nosotros un modelito muy oportuno con cofia de puntilla blanca.

Nos decíamos barbaridades en voz baja, retozando en la cama. Al principio era más callada pero con el tiempo fue soltando su lengua y ella solita nos enredaba en fantasías.

Le gustaba mucho darme celos. Le gustaba regodearse quitándome a mi marido, haciéndome ver que él la prefería y que sería ella la que se llevaría la donación de su esencia. Me lo decía cabalgándole, mirándome a los ojos y con la voz entrecortada de puro gusto.

Y, era cierto, a veces mi marido no podía o no quería esperarme y complacía ese deseo de mi negra de saberse elegida. Y a mí me daban ganas de pegarles en pleno éxtasis y la retiraba a empujones de encima de él para subirme y aprovechar sus “sobras”, como ella decía. Y luego me corría como loca en una mezcla de celos insoportables y placer incontenible.

Le encantaban las chicas pero era muy tímida y siempre me pedía que fuera yo la que me aproximara primero. Y me decía, “mira esa, que buena está” y suplicaba con la mirada que la conquistara para ella. Luego se volvía loca al conseguir meter su boca entre las piernas de nuestra presa.

Entró en nuestra cama y en nuestros juegos y un día que me pidieron una compañera de puterío fue ella quien me acompañó.

Y hace demasiado que regresó a su país y la echo de menos.

¡Quién lo iba a pensar!

Llevábamos posponiendo el encuentro varios meses.
A pesar de hablar por teléfono varias veces a la semana hacía ya demasiado que no nos veíamos. Y por fin quedamos en casa. Mientras yo estaba en la clínica ella hizo la compra y nos encontramos en casa. Nos pusimos el delantal y preparamos una suculenta comida mientras cotorreábamos sin parar. 

Los temas comprometidos llegaron ya sentadas a la mesa, terminado el segundo. Parece que una copita de vino ayuda a que la lengua se vuelva un tanto más descarada y la conversación fue subiendo de tono.
Yo le estuve hablando de mis clientes, de placer, de encuentros.
No se escandalizó, antes bien, se puso nerviosa. Y esos nervios procedían de las imágenes que acudían a su mente, de ciertos días hace ya tiempo, en los que compartimos placer y hombres. Y esos días fueron escasos y esos días fueron intensos y esos días no se repitieron. Pero yo siempre la miro con el mismo deseo en mis ojos que el día que la conocí.
Y yo también me puse nerviosa, ella sabe muy bien cómo me gusta. Ser la única fémina que ha probado la intimidad de su cuerpo me provoca más si cabe.

Lo que Susana necesitaba era conocer a un hombre con el que resolver sus calenturas. Eso de ir sin saber con quién te vas a acostar lo rechazaba. O eso decía.

Estábamos con el café cuando me llamaron pidiéndome a Cristina y a otra amiga. Yo no tenía pensado trabajar, estaba tranquilamente con mi amiga en casa, así que llamé a Cristina. Pero no contestó a mis llamadas.
Entonces Susana soltó la propuesta “¿y si vamos las dos?”. Me dejó de piedra, ni se me había pasado por la imaginación semejante posibilidad.
¡Mis ruegos habían sido escuchados! Tardé segundos en marcar el número de mi cliente y se mostró encantado del cambio de señoritas.

Apenas daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Ella me preguntó si tendría que hacer un lésbico conmigo porque la idea no le atraía nada. Parece que algo se me va pegando de los hombres, mi respuesta inmediata fue no, claro que no era necesario (sólo era imprescindible).
Le dejé un vestido, él quería que fuéramos muy sexis y para allá que nos marchamos.

Me sentía como una hermana mayor que habla de temas delicados con su pupila. Y el tiempo que tardamos en llegar fue un precalentamiento en toda regla. Porque a ver quién se pasa una hora comentando detalladamente aspectos de su vida sexual sabiendo que en breves instantes estará retozando con su interlocutor. Eso sí, sin rozarnos en todo el tiempo.

Abrió la puerta un tipo normal, de aspecto normal, talla normal y trato normal. Susana estaba medio paralizada y yo me relamía mientras se aproximaba el momento de tenerla a mi alcance. Fue él quien tuvo que animarla para que me besara en los labios y yo quien puso su mano sobre mi piel desnuda.
Me encanta su cuerpo, guapa, cuarenta años, talla perfecta, pelo clarito, ojos claros, vivos, pechos grandes, tipazo y esa voz que te pierde.

Pero claro, que fuera ella la que se tirara sobre mí no entraba en mis planes. Me transportó a tal estado de excitación que resulta indescriptible. Parece que fue mutuo porque cuando ya me tenía medio muerta de placer cambiamos los papeles y me coloqué entre sus piernas dispuesta a todo. Y nuestro cliente disfrutaba viéndonos e iba aprovechando nuestras posturas para que no desatendiéramos sus deseos.

Oír de los labios de Susana “sí!¡Sí!, ¡Sigue así!” me estremecía.
En esos momentos algo dijo él pero ciertamente no podía prestarle atención, sólo tenía boca para ella. Y comenzó a retorcerse, a cerrar con fuerza las piernas y a aumentar la intensidad de sus gemidos. Me supo a gloria su orgasmo.

Cuando salimos ambas estábamos plenamente complacidas. Sí, había sido la medicina que requería, tenía la cara más lozana y estaba pletórica, pero reconocía que ella solita no hubiera sabido qué hacer al encontrarse con él de frente. O eso decía.

Después, para celebrarlo, nos fuimos de compras y mientras, comentábamos los pormenores de lo que nos había pasado ese día de locura.

Hoy hemos vuelto a hablar. Y seguimos estando de acuerdo, lo de ayer fue fantástico y, quién sabe, quizás algún día podamos repetir.

 

Publicado 10-05-2009, texto recuperado de mi blog censurado

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Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.

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