Author Archives: MaríaG

About MaríaG

Éste es mi espacio para poder rememorar esos hechos que no le puedo contar a cualquiera porque, simplemente, no me creería. Una pequeña bitácora de mi vida de puta.

El vuelo del Fénix

La culpa la tiene Elektra

Salí agitada. Era media mañana de un día de diario y yo no quería que los coches que tenia delante borraran lo que acababa de pasar.

Una hora antes me había abierto la puerta una preciosa trans completamente desnuda. Elektra me había llamado para compartir un cliente, un hermoso joven estresado de su trabajo con la quitanieves. No dio acceso a su casa sino a un universo de placeres.

Él estaba tumbado en la cama, visiblemente estimulado por su compañera de juegos. Fue acercarme a él y comenzaron los besos, primero los dos, luego se nos unió  Elektra, después besos a tres, juegos de nuestros labios encontrando entre medias un miembro erecto.

Y como en un baile me fueron manejando,hasta que me encontré encima del chico  y con Elektra dirigiendo su hermoso aparato para que el otro me empalara primero. Si, empalar, digo bien pues era una verga grande y gruesa que fue entrando en mí despacio, sintiendo como se abre camino en cada pulso, como se tensa y vuelve a empujar.

Y como si fuera una peli porno, directamente Elektra me hizo tumbarme por completo y chupó mi culito: me iba a penetrar por el culo también.

Despacio, disfrutando de cada roce, sintiendo a los dos dentro de mí,  así me hicieron llegar a un éxtasis, dejándome derribada y sudorosa.

Aquella fue una hora de búsqueda del placer en todas las formas que se nos ocurrieron, sin límites,  sin tabúes, puro sexo animal.

Cuando salí de allí aún vibraba.

Y en aquel taxi no pude evitar abrir un poco las piernas y tocarme. Pero aquello no pasó desapercibido y pedí disculpas por mi descaro. Como el taxista pareció entender que una mujer se meta en un coche y se ponga a masturbarse, le conté lo que acababa de pasar.

Sí,  fue una provocación y tuve mi recompensa, o la tuvo él,  según se mire.

Le invité a mirar primero y cuando me hizo saber de su alteración por lo que estaba viendo, entonces le invité  a tocar. Y lo hizo, vaya si lo hizo, tanto que tuvo que parar el coche para terminar la faena con su boca y después yo con la mía.

Y claro que la culpa de todo ésto es de Elektra,  me dejó la cabeza llena de imágenes excitantes y el cuerpo aún deseoso.

 

Besos

 

Las tres gracias

Cuando tienes el guapo subido

Hay días  en que te sientes especialmente deseable. Hoy es uno de esos:

Géminis

Mis nuevas amigas 1

  • Myriam de 20 años.
  • La hermana de Myriam

Colocación correcta de mascarillas COVID-19

Ni muerta

Nunca reconocí la verdad. Jamás  habría confesado cómo ocurrió realmente.

Era vergonzoso poner toda esa cascada de emociones sobre ningún tapete. Así que,  mi versión nunca fue contada extensamente,  nunca fue reflejada como lo viví aquel día y como lo he revivido tantísimas veces en los ratos de placer solitario.

La última vez que me había visto yo era una cría. Ahora todo había cambiado en mí y él continuaba siendo la oveja negra. Me seguía poniendo nerviosa su presencia,  sabía algunas cosillas sueltas de su vida, envueltas en una leyenda que no sólo estimula la imaginación.

Cerró  tras de sí,  quería que le acompañara a la calle. Bajamos las escaleras y en vez de abrir, se giró y apoyó la espalda contra el cristal traslúcido. Algo venía hablando por el camino, ni me acuerdo.

Entonces dijo las palabras mágicas: «Enséñame las tetas».

Se extendió por todo mi cuerpo un cálido hormigueo y no pude ni moverme. La pregunta que llegó a mis labios, ahora lo sé,  me delataba y a penas acerté a balbucirla: ¿Aquí?

Di un paso hacia atrás,  quedando contra la pared y comencé a tiritar, era un manojo de nervios. Le miraba fijamente, mientras una batalla silenciosa se libraba en mi cabeza. La respuesta hubiera sido más sencilla si aquello no fuera un bloque de viviendas, si no pudiera bajar cualquier vecino, en cualquier momento y encontrarnos en un cuadro comprometido, si no me conociera desde siempre, si no tuviera esa mala fama, si yo no quisiera.

Pero ese hormigueo era profundo, nacía de algún recóndito lugar de mis vísceras.  Sólo la vergüenza me tenía paralizada, bueno, eso y una vocecilla que afirmaba que aquello no estaba bien.

Seguía pasmada, él me miraba con los ollares dilatados. «Levántate el jersey».

Lo hice. Parecía ir a cámara lenta, tomando con las dos manos el borde de mi ropa y dejándola luego debajo del cuello.

«Y el sujetador». La mano derecha me bastó para levantar del medio y subir. Así se mostraron dos preciosos pechos adolescentes, turgentes, desafiantes.

Ahora su sonrisa era completa. Y a mí me castañeteaban los dientes.

Aquellos interminables minutos dieron paso a una visita al bar de enfrente y no sé a dónde más.

De regreso a la casa era predecible que algo pasara.  Pero, tonta de mí,  no esperaba otra encerrona en el mismo sitio.

Quería verlas de nuevo. Y lo siguiente me pidió me descolocó,  deseaba que diera saltitos. La estampa le debió de resultar deliciosa, yo ruborizada hasta las orejas, con la ropa mal puesta, ofreciéndole el espectáculo del bamboleo de esas recién conocidas tetas.

Y aún me pidió que verbalizara algo más,  que le diera consentimiento a si podía tocarlas.  Se me salía el corazón del pecho y, con apenas un hilo de voz, conseguí reforzar mi movimiento de cabeza.

Era una mano fuerte que se acercó despacio, sopesando, que hundió los dedos conteniendo la respiración, que me hizo estremecer.

Le había gustado, sí señor, se retiró un paso para atrás y, por fuera del pantalón apretó su miembro. Me hizo gesto, me acerqué e hice la misma valoración que él.  Firme, rotunda, pugnaba por salir y entonces, por vez primera, tuve yo la iniciativa y fui a tocarla por dentro de la ropa.

Pero aunque mis manos eran finas no podían abrirse paso con facilidad, entonces fue él quien me mostró la manera de desabrocharle,  de liberar aquella maravilla.

Cerré mi mano, él comenzó a guiar mis movimientos. Su respiración cada vez se aceleraba más  y la mía le seguía.

Y cuando la excitación estaba fluyendo en mi entrepierna, me apartó un poco, cogió él el testigo y se dio la fuerza y el ritmo que necesitaba.

Entonces su placer se derramo6sobre mí,  sobre mi carne, sobre mi ropa, sobre mi pelo. Ambos jadeábamos.

 

 

Besos

 

Después de la ducha

El solaz de la ducha

Ella me lo había mencionado alguna vez, los placeres escondidos del agua. Claro que Irene se masturba desde que puede recordar, afortunadamente no soy la única.

Necesitaba primero que me acompañara la logística,  que el ambiente fuese cálido,  que nada me destemplara.

Y requería también ese tiempo que siempre se escabulló para tener mi mente sólo centrada en mi cuerpo.

Dos dedos de agua en el fondo de la bañera para recostarme en ella. Abrí las piernas, dejé apoyada la mano cómodamente a la par que sujetaba la ducha.

No había buscado nada especial,  sólo aquel aparato que una de las internas que vivió en mi casa empleaba largamente, mientras dejaba abierto el grifo.  Si a ella le valía,  esperaba que a mí  también.

Y ahora tocaba abrir el grifo, con múltiples chorritos finos y sin demasiada potencia. Cerrar los ojos y sentir.

Sólo deseaba sentir mi cuerpo,  sentir mi sexo, sentir ese chorro provocando a mi piel, sentir como el rubor y la turgencia florecían  al final de mi monte de Venus.

Sin dedos, sin prisas, sin otra humedad que la mía.

Sí,  se sentía intenso, sorprendente. Los ojos cerrados, la respiración cada vez más alterada. Mi mano quieta, el agua incansable seguía reduciéndome.

Poco a poco mis piernas se empezaron a tensar, se abrían un poco más,  mi cadera se alzaba casi imperceptiblemente y mis piernas se tensaban.

Se oyeron voces fuera. Pero ya estaba yo en el punto de no retorno, no hubiera podido dejar de gemir quedo aunque hubieran entrado a molestar. No hubiera querido apartar mi un milímetro mi mano ni mover un ápice aquella alcachofa de ducha, transformada en el mejor consolador ideado.

Y puede que me oyeran pero aquel instante de Gloria se aproximó  imponente y arrollador.  Contuve la respiración,  ahogué los gemidos y un estallido de placer embriagó mi cuerpo, pálpito mi sexo.

Y, por fin, relajé mis piernas y adoré a la mujer que se le hubiera ocurrido por vez primera solazarse con la ducha.

 

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.