Author Archives: MaríaG

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Éste es mi espacio para poder rememorar esos hechos que no le puedo contar a cualquiera porque, simplemente, no me creería. Una pequeña bitácora de mi vida de puta.

Todos los caminos llevan a Roma

Había sido una corta excursión, un día en ora provincia, un día de intenso sexo. Ahora tocaba el regreso, de la cama de aquella casita de Soria al mismo autobús que me había conducido por la mañana. Lo de que era el mismo lo descubrí al ir a embarcar, cuando le di al  conductor el billete y me dijo «el 22, la niña bonita», volví a reír, eso mismo me había dicho por la mañana temprano al partir desde Madrid y me sacó los colores comentando que no había olvidado mi risa. Con mucha gracieta me animó a sentarme delante, estaba aquello bastante despejado y a nadie importaría mi cambio de ubicación.

Me puse cómoda, subí las piernas al asiento contiguo dejando asomar mis pies por el pasillo y recostándome me dispuse a escribir una entrada en mi blog, tenía unas horas por delante y ninguna distracción. Pero la cosa se iba a complicar un poco, casi sin darme cuenta, mientras las imágenes de lo ocurrido se iban volcando en mi pluma, mi mano se deslizó por encima de las medias, por debajo de las inexistentes bragas y la humedad, que estaba ya apareciendo, le fue dando más brío a las descripciones de aquel taxi.

Acalorada, a penas había llegado a mitad del relato, paré para dar un sorbo y me crucé con su mirada. No estaba pensado aquello para su solaz pero no puse recato en guardarme del retrovisor, ni de posibles miradas por el rabillo del ojo de aquel simpático autobusero. Ahí empecé a ser verdaderamente consciente de lo que llevaba un rato ocurriendo y de que no era el único espectador pues, al otro lado del pasillo, también había ojos, manos  y unos pantalones.

Mis dedos siguieron moviéndose, en el teléfono y entre mis piernas, solo que ahora iba más despacio, bajé una pierna al suelo, ahora me estaba mostrando con todo el placer de ver como una de sus manos abandonaba de vez en cuando el volante y apretaba aquel bulto, apenas distinguible por la distancia entre ambos. Las frases caminaban más lentas pero se acompañaron de un aroma de hembra excitada y de un leve chapoteo; mis dedos cada vez procuraban que mi respiración estuviera más agitada y yo me retenía, quería terminar mi texto antes de agitarme hasta el éxtasis.

Estábamos llegando cuando cerré la página. Una de mis misiones había concluido pero tenía un inconmensurable calentón. Me atusé la ropa, preparé todo para descender y permití que el pasaje me adelantara. Y al ponerme en pie quedé delante del hombre que había entrevisto mi intimidad. No pensé, simplemente le pregunté si tenía mucha prisa, porque yo podía demorarme un ratito, antes de bajar.

Lo primero, su sorpresa, preguntó si era una broma y no cabía otra respuesta que reconocer que había venido todo el camino tocándome y que mi coño estaba inquieto. Alguna frase más me hizo falta para convencerlo, eso y apretarme el pecho aguantando un tanto la respiración. Yo no disponía de ningún apartamento cercano y tampoco se trataba de ir a un hotel, el autobús podía ser un sitio más que estimulante para un rato tórrido.

Primero debía mover unos metros el vehículo, para dejarlo en el aparcamiento correspondiente de la Estación de Autobuses y apagar las luces interiores. Me condujo a la parte trasera, a esas escalerillas que pueblan mi imaginación y se sentó en lo más alto. Yo estaba nerviosa, excitada. Me puse frente a él, un escalón por debajo y a través de mi escote saqué mi generoso pecho. Sus manos fueron a tocarme, a amasar mis tetas, a recrearse en los pezones, echada hacia delante permití que su lengua jugara a succionar, que me diera placer entreteniéndose en besarlas.

Cuando me quise dar cuenta estaba abriéndose el pantalón, asomó entonces una bonita verga, tensa, pulsátil, arrogante y no pude resistir la tentación de ir a besarla, de recorrerla con mi lengua, aferrarla con mi mano, admirarme de su textura. Al inclinarme mis posaderas se vieron expuestas, le di una buena excusa para que su mano comenzara a investigarme, para que su asombro por la falta de unas braguitas pudorosas le llevara a navegar entre mis humedades. Sus dedos no me dieron pausa, me recorrieron, buscaron mis puntos débiles, se introdujeron dentro de mí y comenzaron a bailar, a moverse en pos de mi placer. Y mientras mi boca agitaba su miembro. Ambos ahogábamos gemidos y nos entregábamos apasionadamente.

Alguno de los dos lo desencadenó, no sé bien si su palpitar o los estremecimientos de mi interior. Yo no podía gritar, él no quiso hacerlo. Y un mar de contracciones cálidas apareció en mi boca y todo el placer reservado a lo más íntimo de la alcoba se derramó por aquel autobús.

Aún agitada, me vestí. Entonces tomé conciencia de que estaba en un lugar público, de que había cámaras de seguridad, de que decenas de viajeros esperaban su transporte a menos de diez metros de mí. Tarde, pero el rubor pobló mis mejillas.

Agradecí su hospitalidad y le dejé mi teléfono, por si un día, quién sabe, tenía un rato libre después de desandar sus viajes por España.

 

Besos.

 

El vuelo del Fénix

La culpa la tiene Elektra

Salí agitada. Era media mañana de un día de diario y yo no quería que los coches que tenia delante borraran lo que acababa de pasar.

Una hora antes me había abierto la puerta una preciosa trans completamente desnuda. Elektra me había llamado para compartir un cliente, un hermoso joven estresado de su trabajo con la quitanieves. No dio acceso a su casa sino a un universo de placeres.

Él estaba tumbado en la cama, visiblemente estimulado por su compañera de juegos. Fue acercarme a él y comenzaron los besos, primero los dos, luego se nos unió  Elektra, después besos a tres, juegos de nuestros labios encontrando entre medias un miembro erecto.

Y como en un baile me fueron manejando,hasta que me encontré encima del chico  y con Elektra dirigiendo su hermoso aparato para que el otro me empalara primero. Si, empalar, digo bien pues era una verga grande y gruesa que fue entrando en mí despacio, sintiendo como se abre camino en cada pulso, como se tensa y vuelve a empujar.

Y como si fuera una peli porno, directamente Elektra me hizo tumbarme por completo y chupó mi culito: me iba a penetrar por el culo también.

Despacio, disfrutando de cada roce, sintiendo a los dos dentro de mí,  así me hicieron llegar a un éxtasis, dejándome derribada y sudorosa.

Aquella fue una hora de búsqueda del placer en todas las formas que se nos ocurrieron, sin límites,  sin tabúes, puro sexo animal.

Cuando salí de allí aún vibraba.

Y en aquel taxi no pude evitar abrir un poco las piernas y tocarme. Pero aquello no pasó desapercibido y pedí disculpas por mi descaro. Como el taxista pareció entender que una mujer se meta en un coche y se ponga a masturbarse, le conté lo que acababa de pasar.

Sí,  fue una provocación y tuve mi recompensa, o la tuvo él,  según se mire.

Le invité a mirar primero y cuando me hizo saber de su alteración por lo que estaba viendo, entonces le invité  a tocar. Y lo hizo, vaya si lo hizo, tanto que tuvo que parar el coche para terminar la faena con su boca y después yo con la mía.

Y claro que la culpa de todo ésto es de Elektra,  me dejó la cabeza llena de imágenes excitantes y el cuerpo aún deseoso.

 

Besos

 

Las tres gracias

Cuando tienes el guapo subido

Hay días  en que te sientes especialmente deseable. Hoy es uno de esos:

Géminis

Mis nuevas amigas 1

  • Myriam de 20 años.
  • La hermana de Myriam

Colocación correcta de mascarillas COVID-19

Ni muerta

Nunca reconocí la verdad. Jamás  habría confesado cómo ocurrió realmente.

Era vergonzoso poner toda esa cascada de emociones sobre ningún tapete. Así que,  mi versión nunca fue contada extensamente,  nunca fue reflejada como lo viví aquel día y como lo he revivido tantísimas veces en los ratos de placer solitario.

La última vez que me había visto yo era una cría. Ahora todo había cambiado en mí y él continuaba siendo la oveja negra. Me seguía poniendo nerviosa su presencia,  sabía algunas cosillas sueltas de su vida, envueltas en una leyenda que no sólo estimula la imaginación.

Cerró  tras de sí,  quería que le acompañara a la calle. Bajamos las escaleras y en vez de abrir, se giró y apoyó la espalda contra el cristal traslúcido. Algo venía hablando por el camino, ni me acuerdo.

Entonces dijo las palabras mágicas: «Enséñame las tetas».

Se extendió por todo mi cuerpo un cálido hormigueo y no pude ni moverme. La pregunta que llegó a mis labios, ahora lo sé,  me delataba y a penas acerté a balbucirla: ¿Aquí?

Di un paso hacia atrás,  quedando contra la pared y comencé a tiritar, era un manojo de nervios. Le miraba fijamente, mientras una batalla silenciosa se libraba en mi cabeza. La respuesta hubiera sido más sencilla si aquello no fuera un bloque de viviendas, si no pudiera bajar cualquier vecino, en cualquier momento y encontrarnos en un cuadro comprometido, si no me conociera desde siempre, si no tuviera esa mala fama, si yo no quisiera.

Pero ese hormigueo era profundo, nacía de algún recóndito lugar de mis vísceras.  Sólo la vergüenza me tenía paralizada, bueno, eso y una vocecilla que afirmaba que aquello no estaba bien.

Seguía pasmada, él me miraba con los ollares dilatados. «Levántate el jersey».

Lo hice. Parecía ir a cámara lenta, tomando con las dos manos el borde de mi ropa y dejándola luego debajo del cuello.

«Y el sujetador». La mano derecha me bastó para levantar del medio y subir. Así se mostraron dos preciosos pechos adolescentes, turgentes, desafiantes.

Ahora su sonrisa era completa. Y a mí me castañeteaban los dientes.

Aquellos interminables minutos dieron paso a una visita al bar de enfrente y no sé a dónde más.

De regreso a la casa era predecible que algo pasara.  Pero, tonta de mí,  no esperaba otra encerrona en el mismo sitio.

Quería verlas de nuevo. Y lo siguiente me pidió me descolocó,  deseaba que diera saltitos. La estampa le debió de resultar deliciosa, yo ruborizada hasta las orejas, con la ropa mal puesta, ofreciéndole el espectáculo del bamboleo de esas recién conocidas tetas.

Y aún me pidió que verbalizara algo más,  que le diera consentimiento a si podía tocarlas.  Se me salía el corazón del pecho y, con apenas un hilo de voz, conseguí reforzar mi movimiento de cabeza.

Era una mano fuerte que se acercó despacio, sopesando, que hundió los dedos conteniendo la respiración, que me hizo estremecer.

Le había gustado, sí señor, se retiró un paso para atrás y, por fuera del pantalón apretó su miembro. Me hizo gesto, me acerqué e hice la misma valoración que él.  Firme, rotunda, pugnaba por salir y entonces, por vez primera, tuve yo la iniciativa y fui a tocarla por dentro de la ropa.

Pero aunque mis manos eran finas no podían abrirse paso con facilidad, entonces fue él quien me mostró la manera de desabrocharle,  de liberar aquella maravilla.

Cerré mi mano, él comenzó a guiar mis movimientos. Su respiración cada vez se aceleraba más  y la mía le seguía.

Y cuando la excitación estaba fluyendo en mi entrepierna, me apartó un poco, cogió él el testigo y se dio la fuerza y el ritmo que necesitaba.

Entonces su placer se derramo6sobre mí,  sobre mi carne, sobre mi ropa, sobre mi pelo. Ambos jadeábamos.

 

 

Besos

 

Después de la ducha

Este espacio lo he buscado para contaros cómo he llegado a ser puta, mis vivencias, mi intensa vida sexual. En fin, todo lo que no le puedo contar a cualquiera.